lunes, febrero 24, 2025

Evangelio Febrero 24, 2025


Lunes 7 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 9,14-29): En aquel tiempo, Jesús bajó de la montaña y, al llegar donde los discípulos, vio a mucha gente que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. Toda la gente, al verle, quedó sorprendida y corrieron a saludarle. Él les preguntó: «¿De qué discutís con ellos?». Uno de entre la gente le respondió: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espumarajos, rechinar de dientes y lo deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido». 


Él les responde: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!». Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces Él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?». Le dijo: «Desde niño. Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros». Jesús le dijo: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!». Al instante, gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!». 


Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más en él». Y el espíritu salió dando gritos y agitándole con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie. Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?». Les dijo: «Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración».


«¡Creo, ayuda a mi poca fe!»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench - (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)


Hoy contemplamos —¡una vez más!— al Señor solicitado por la gente («corrieron a saludarle») y, a la vez Él, solícito con la gente, sensible a sus necesidades. En primer lugar, cuando sospecha que alguna cosa pasa, se interesa por el problema.

Interviene uno de los protagonistas, esto es, el padre de un chico que está poseído por un espíritu maligno: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espumarajos, rechinar de dientes y lo deja rígido» (Mc 9,17-18).

¡Es terrible el mal que puede llegar a hacer el Diablo!, una criatura sin caridad. —Señor, ¡hemos de rezar!: «Líbranos del mal». No se entiende cómo puede haber hoy día voces que dicen que no existe el Diablo, u otros que le rinden algún tipo de culto... ¡Es absurdo! Nosotros hemos de sacar una lección de todo ello: ¡no se puede jugar con fuego!

«He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido» (Mc 9,18). Cuando escucha estas palabras, Jesús recibe un disgusto. Se disgusta, sobre todo, por la falta de fe... Y les falta fe porque han de rezar más: «Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración» (Mc 9,29).

La oración es el diálogo “intimista” con Dios. San Juan Pablo II afirmó que «la oración comporta siempre una especie de escondimiento con Cristo en Dios. Sólo en semejante “escondimiento” actúa el Espíritu Santo». En un ambiente íntimo de escondimiento se practica la asiduidad amistosa con Jesús, a partir de la cual se genera el incremento de confianza en Él, es decir, el aumento de la fe.

Pero esta fe, que mueve montañas y expulsa espíritus malignos («¡Todo es posible para quien cree!») es, sobre todo, un don de Dios. Nuestra oración, en todo caso, nos pone en disposición para recibir el don. Pero este don hemos de suplicarlo: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!» (Mc 9,24). ¡La respuesta de Cristo no se hará “rogar”!


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con Él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada» (San Juan Mª Vianney)
  • «Su palabra es palabra de amor, palabra purificadora: expulsa los espíritus de temor, soledad y oposición a Dios; así purifica nuestra alma y nos da paz interior» (Benedicto XVI)
  • «(…) Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; [la fe] debe ‘actuar por la caridad’ (Gal 5,6), ser sostenida por la esperanza (cf. Rom 15,13) y estar enraizada en la “fe de la Iglesia”» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 162)
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  • Fuente: https://evangeli.net/evangelio 

San Pedro Palatino, Laico y Mártir

San Pedro Palatino, Laico y Mártir

Febrero 24

En la misma ciudad, conmemoración de san Pedro, llamado "Palatino", mártir, que en verdad fue heredero de la fe y del nombre del apóstol Pedro, y exhaló su espíritu al ser quemado vivo. En el año +303 en Nicomedia en la actual Turquía


San Pedro Palatino, cuya festividad se celebra el 24 de febrero, es una figura emblemática de la fe cristiana, cuya historia resuena con devoción y sacrificio. Originario de la época de las persecuciones romanas, San Pedro Palatino se destacó por su ferviente evangelización y su inquebrantable compromiso con el mensaje de Cristo. Su vida, marcada por el testimonio del Evangelio, se convirtió en un faro de esperanza y fortaleza para los cristianos de su tiempo y para las generaciones futuras.


El Camino hacia el Martirio

Nacido en un entorno hostil hacia los cristianos, San Pedro enfrentó numerosos desafíos desde el inicio de su ministerio. Su pasión por difundir la palabra de Dios lo llevó a viajar por diversas regiones, a pesar de los peligros constantes que acechaban a los seguidores de Jesús. Su valentía y determinación fueron evidentes cuando, desafiando los edictos imperiales, continuó su labor evangelizadora, lo que eventualmente lo condujo a su arresto.


El martirio de San Pedro Palatino no fue solo un acto de violencia, sino un testimonio de su inquebrantable fe. Frente a la adversidad, eligió permanecer firme en sus creencias, ofreciendo su vida como un sacrificio de amor y obediencia a Dios. Este acto de entrega total no solo consolidó su lugar en el santoral católico, sino que también sirvió de inspiración para muchos creyentes que enfrentaban persecuciones similares.


Milagros y Legado

Los relatos de los milagros atribuidos a San Pedro Palatino comenzaron a circular poco después de su martirio. Se cuenta que, a través de su intercesión, muchos fieles recibieron curaciones y consuelo en momentos de desesperación. Estas historias, transmitidas de generación en generación, han fortalecido la fe de incontables personas y han destacado la poderosa intercesión de los santos en la vida de los creyentes.


El legado de San Pedro Palatino se extiende más allá de los milagros. Su vida es un ejemplo de compromiso absoluto con el Evangelio, mostrando que, incluso frente a la muerte, la fe puede triunfar sobre el miedo y la desesperación. Su historia sigue siendo una fuente de inspiración para aquellos que buscan vivir una vida de dedicación a Dios y a los demás, siguiendo el ejemplo de Jesucristo.


Beatificación y Santoral

El proceso de reconocimiento de San Pedro Palatino como santo por la Iglesia Católica resalta la importancia de su testimonio. A través de la beatificación y posterior canonización, la Iglesia honra su memoria y reconoce su vida como un modelo de santidad y entrega a la causa de Cristo. La inclusión de San Pedro en el santoral católico no solo conmemora su martirio, sino que también celebra su impacto espiritual en el mundo.


La celebración de su festividad el 24 de febrero es un momento de reflexión y gratitud por su ejemplo de fe. En este día, los fieles de todo el mundo recuerdan su sacrificio y piden su intercesión, buscando imitar su fortaleza y su amor incondicional por Dios.


domingo, febrero 23, 2025

Evangelio Febrero 23, 2025


Domingo 7 (C) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 6,27-38): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente.


»Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los perversos. Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en vuestro regazo. Porque con la medida con que midáis se os medirá».


«Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo»

Rev. D. Josep Miquel BOMBARDÓ - (Sabadell, Barcelona, España)


Hoy escuchamos unas palabras del Señor que nos invitan a vivir la caridad con plenitud, como Él lo hizo («Padre, perdónales porque no saben lo que hacen»: Lc 23,34). Éste ha sido el estilo de nuestros hermanos que nos han precedido en la gloria del cielo, el estilo de los santos. Han procurado vivir la caridad con la perfección del amor, siguiendo el consejo de Jesucristo: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).

La caridad nos lleva a amar, en primer lugar, a quienes nos aman, ya que no es posible vivir en plenitud lo que leemos en el Evangelio si no amamos de verdad a nuestros hermanos, a quienes tenemos al lado. Pero, acto seguido, el nuevo mandamiento de Cristo nos hace ascender en la perfección de la caridad, y nos anima a abrir los brazos a todos los hombres, también a aquellos que no son de los nuestros, o que nos quieren ofender o herir de cualquier manera. Jesús nos pide un corazón como el suyo, como el del Padre: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo» (Lc 6,36), que no tiene fronteras y recibe a todos, que nos lleva a perdonar y a rezar por nuestros enemigos.

Ahora bien, como se afirma en el Catecismo de la Iglesia, «observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación vital y nacida del fondo del corazón, en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios». San John Henry Newman escribía: «¡Oh Jesús! Ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que vaya. Inunda mi alma con tu espíritu y vida. Penetra en mi ser, y hazte amo tan fuertemente de mí que mi vida sea irradiación de la tuya (...). Que cada alma, con la que me encuentre, pueda sentir tu presencia en mi. Que no me vean a mí, sino a Ti en mí».

Amaremos, perdonaremos, abrazaremos a los otros sólo si nuestro corazón es engrandecido por el amor a Cristo.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Cristo, al revelar el amor-misericordia de Dios, exigía al mismo tiempo a los hombres que a su vez se dejasen guiar en su vida por el amor y la misericordia» (San Juan Pablo II)
  • «El enemigo es alguien a quien debo amar. En el corazón de Dios no hay enemigos, Dios tiene hijos. Nosotros levantamos muros, construimos barreras y clasificamos a las personas. Dios tiene hijos» (Francisco)
  • «En el Sermón de la Montaña, el Señor recuerda el precepto: ‘No matarás’ (Mt 5,21), y añade el rechazo absoluto de la ira, del odio y de la venganza. Más aún, Cristo exige a sus discípulos presentar la otra mejilla, amar a los enemigos (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.262)
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  • Fuente: https://evangeli.net/evangelio 

sábado, febrero 22, 2025

Evangelio Febrero 22, 2025


22 de febrero: La Cátedra de san Pedro, apóstol

Texto del Evangelio (Mt 16,13-19): En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». 


Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».


«Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench - (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)


Hoy celebramos la Cátedra de san Pedro. Desde el siglo IV, con esta celebración se quiere destacar el hecho de que —como un don de Jesucristo para nosotros— el edificio de su Iglesia se apoya sobre el Príncipe de los Apóstoles, quien goza de una ayuda divina peculiar para realizar esa misión. Así lo manifestó el Señor en Cesarea de Filipo: «Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). En efecto, «es escogido sólo Pedro para ser antepuesto a la vocación de todas las naciones, a todos los Apóstoles y a todos los padres de la Iglesia» (San León Magno).

Desde su inicio, la Iglesia se ha beneficiado del ministerio petrino de manera que san Pedro y sus sucesores han presidido la caridad, han sido fuente de unidad y, muy especialmente, han tenido la misión de confirmar en la verdad a sus hermanos.

Jesús, una vez resucitado, confirmó esta misión a Simón Pedro. Él, que profundamente arrepentido ya había llorado su triple negación ante Jesús, ahora hace una triple manifestación de amor: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn 21,17). Entonces, el Apóstol vio con consuelo cómo Jesucristo no se desdijo de él y, por tres veces, lo confirmó en el ministerio que antes le había sido anunciado: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,16.17).

Esta potestad no es por mérito propio, como tampoco lo fue la declaración de fe de Simón en Cesarea: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). Sí, se trata de una autoridad con potestad suprema recibida para servir. Es por esto que el Romano Pontífice, cuando firma sus escritos, lo hace con el siguiente título honorífico: Servus servorum Dei.

Se trata, por tanto, de un poder para servir la causa de la unidad fundamentada sobre la verdad. Hagamos el propósito de rezar por el Sucesor de Pedro, de prestar atento obsequio a sus palabras y de agradecer a Dios este gran regalo.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Estamos con el Papa, porque estando con él, se está con Dios» (Santo Tomás Moro)
  • «Pedro, para todos los tiempos, debe ser el custodio de la comunión con Cristo. La responsabilidad de Pedro consiste en garantizar la comunión con Cristo con la caridad de Cristo, guiando a la realización de esta caridad en la vida diaria» (Benedicto XVI)
  • «Cuando san Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido ‘de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos’ (Mt 16,17). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 153)
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  • Fuente: https://evangeli.net/evangelio 

viernes, febrero 21, 2025

Evangelio Febrero 21, 2025


Viernes 6 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 8,34-9,1): En aquel tiempo, Jesús llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? Pues, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles». Les decía también: «Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios».


«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»

Rev. D. Joaquim FONT i Gassol - (Igualada, Barcelona, España)


Hoy el Evangelio nos habla de dos temas complementarios: nuestra cruz de cada día y su fruto, es decir, la Vida en mayúscula, sobrenatural y eterna.

Nos ponemos de pie para escuchar el Santo Evangelio, como signo de querer seguir sus enseñanzas. Jesús nos dice que nos neguemos a nosotros mismos, expresión clara de no seguir "el gusto de los caprichos" —como menciona el salmo— o de apartar «las riquezas engañosas», como dice san Pablo. Tomar la propia cruz es aceptar las pequeñas mortificaciones que cada día encontramos por el camino. 

Nos puede ayudar a ello la frase que Jesús dijo en el sermón sacerdotal en el Cenáculo: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto» (Jn 15,1-2). ¡Un labrador ilusionado mimando el racimo para que alcance mucho grado! ¡Sí, queremos seguir al Señor! Sí, somos conscientes de que el Padre nos puede ayudar para dar fruto abundante en nuestra vida terrenal y después gozar en la vida eterna.

San Ignacio guiaba a san Francisco Javier con las palabras del texto de hoy: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8,36). Así llegó a ser el patrón de las Misiones. Con la misma tónica, leemos el último canon del Código de Derecho Canónico (n. 1752): «(...) teniendo en cuenta la salvación de las almas, que ha de ser siempre la ley suprema de la Iglesia». San Agustín tiene la famosa lección: «Animam salvasti tuam predestinasti», que el adagio popular ha traducido así: «Quien la salvación de un alma procura, ya tiene la suya segura». La invitación es evidente.

María, la Madre de la Divina Gracia, nos da la mano para avanzar en este camino.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Yo hasta el presente soy un esclavo. Mas si lograse sufrir el martirio, quedaré liberado en Jesucristo y resucitaré libre en Él» (San Ignacio de Antioquía)
  • «La tradición teológica, espiritual y ascética, desde los tiempos más antiguos ha mantenido la necesidad del seguimiento de Cristo en la pasión, no sólo como imitación de sus virtudes, sino también como cooperación en la redención universal» (San Juan Pablo II)
  • «La Cruz es el único sacrificio de Cristo ‘único mediador entre Dios y los hombres’ (1Tm 2,5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, ‘se ha unido en cierto modo con todo hombre’, Él ‘ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual’ (Concilio Vaticano II). Él llama a sus discípulos a ‘tomar su cruz y a seguirle’ (Mt 16,24) (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 618)
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  • Fuente: https://evangeli.net/evangelio 

jueves, febrero 20, 2025

Evangelio Febrero 20, 2025


Jueves 6 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 8,27-33): En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Y Él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo». 


Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero Él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».


«¿Quién dicen los hombres que soy yo? (...) Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Rev. D. Joan Pere PULIDO i Gutiérrez - (Sant Feliu de Llobregat, España)


Hoy seguimos escuchando la Palabra de Dios con la ayuda del Evangelio de san Marcos. Un Evangelio con una inquietud bien clara: descubrir quién es este Jesús de Nazaret. Marcos nos ha ido ofreciendo, con sus textos, la reacción de distintos personajes ante Jesús: los enfermos, los discípulos, los escribas y fariseos. Hoy nos lo pide directamente a nosotros: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29).

Ciertamente, quienes nos llamamos cristianos tenemos el deber fundamental de descubrir nuestra identidad para dar razón de nuestra fe, siendo unos buenos testigos con nuestra vida. Este deber nos urge para poder transmitir un mensaje claro y comprensible a nuestros hermanos y hermanas que pueden encontrar en Jesús una Palabra de Vida que dé sentido a todo lo que piensan, dicen y hacen. Pero este testimonio ha de comenzar siendo nosotros mismos conscientes de nuestro encuentro personal con Él. San Juan Pablo II, en su Carta apostólica "Novo millennio ineunte", nos escribió: «Nuestro testimonio sería enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro».

San Marcos, con este texto, nos ofrece un buen camino de contemplación de Jesús. Primero, Jesús nos pregunta qué dice la gente que es Él; y podemos responder, como los discípulos: Juan Bautista, Elías, un personaje importante, bueno, atrayente. Una respuesta buena, sin duda, pero lejana todavía de la Verdad de Jesús. Él nos pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29). Es la pregunta de la fe, de la implicación personal. La respuesta sólo la encontramos en la experiencia del silencio y de la oración. Es el camino de fe que recorre Pedro, y el que hemos de hacer también nosotros.

Hermanos y hermanas, experimentemos desde nuestra oración la presencia liberadora del amor de Dios presente en nuestra vida. Él continúa haciendo alianza con nosotros con signos claros de su presencia, como aquel arco puesto en las nubes prometido a Noé.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar» (Santo Tomás de Aquino)
  • «Los cristianos deben ser instruidos continuamente, a lo largo de los siglos, por el Señor, para que sean conscientes de que su camino no es el de la gloria y del poder terrenales, sino “el camino de la cruz”» (Benedicto XVI)
  • «El ‘amor hasta el extremo’ (Jn 13,1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo (…). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 616)
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  • Fuente: https://evangeli.net/evangelio 

San Ulrico o Ulrich de Haselbury, Presbítero Anacoreta Ermitaño

San Ulrico o Ulrich de Haselbury, Presbítero Anacoreta Ermitaño

Febrero 20


Ulrico o Ulrich, también llamado Ulfrick, Walfrick o Wulfric, nació (c. 1080 – 20 February 1154) en Compton Martin en Somerset, a doce kilómetros de Bristol, Inglaterra. El recién nacido presuntamente era descendiente de una familia de abolengo, muy respetada y estimada en dicha región. Desde su más tierna infancia Ulrico, al parecer recibió una extraordinaria formación cultural y religiosa, como correspondía a su rango social. Sus padres eran muy religiosos y temerosos de Dios, por lo que desde muy corta edad, Ulrico se fue impregnando de la enorme espiritualidad reinante en el seno familiar, motivo por el cual fue creciendo en su interior el deseo de servir a Dios y al prójimo.


Los años fueron pasando inexorablemente y los deseos de servir a Dios, fueron creciendo en Ulrico, enormemente en lo más profundo de su ser. Por dicho motivo cuando tuvo la edad requerida ingresó en un monasterio donde recibió una exquisita formación religiosa y se impregnó al mismo tiempo de la espiritualidad reinante en dicho monasterio. Cuando terminó la primera etapa de sus estudios, continuó en dicho monasterio para recibir la formación educativa necesaria para el sacerdocio.


Tras finalizar sus estudios religiosos, Ulrico fue ordenado sacerdote y luego fue enviado a Deverill, cerca de la localidad de Warminster, situada en el condado de Wiltshire, en Inglaterra. Aún después de haber sido ordenado sacerdote, la principal pasión de la vida Ulrico, siguió siendo la caza, especialmente la del halcón. Pero repentinamente, en el año ca. 1120, Ulrico se transformó cambiando radicalmente su forma de vivir, pues comenzó a llevar un estilo de vida mucho más austero.


Según los cuentos populares, el motivo de dicho cambio, ocurrió porque Ulrico tuvo un encuentro casual con un mendigo, que le profetizó, que un día encontraría descanso y se contaría entre los santos. Después de un tiempo, ejerciendo su labor evangélica en Deverill, Ulrico fue trasladado, regresando nuevamente a Compton Martin, como párroco de la iglesia local. En dicha parroquia, Ulrico efectuó una extraordinaria labor evangelizadora, siendo muy querido y respetado por sus feligreses, pero Ulrico no estaba completamente conforme con dicho modelo de vida.


Por tal motivo, tras cinco años al frente de su parroquia, decidió convertirse en anacoreta, eligiendo como lugar de destino Haselbury, lugar que junto con Compton Martin, pertenecían al barón, William Fitzwalter. Una vez en dicho lugar, Ulrico mando construir una celda en la parte norte de la iglesia parroquial, donde se encerró y pasó el resto de su vida. En dicha celda, Ulrico llevaba una vida totalmente dedicado a la meditación, oración y mortificándose de tal manera, que su cuerpo quedó reducido a piel y huesos, de tanto ayunar y azotarse, incluso se dice que llevaba una armadura de eslabones de cadena en contacto directo con la piel.


Según un muchacho llamado Osbern, que diariamente servía la Santa Misa, que celebraba Ulrico y que con el tiempo se convirtió en párroco de Haselbury, nos da fe, ya que fue testigo directo de la forma de vida de Ulrico, que era extremadamente austera. Así mismo, nos cuenta que Ulrico a menudo se desvestía por completo y se sumergía en agua fría, mientras recitaba todo el salterio y las postraciones la vincula a las tradiciones del ascetismo celta.


La forma de vida de Ulrico, no tuvo nunca el reconocimiento episcopal, pero recibió la aprobación y el apoyo de los cercanos monjes cluniacenses de Montacute. Pronto la fama de Ulrico, fue creciendo y extendiéndose rápidamente por la región, pues se le atribuían el don de leer corazones, el poder de curar y otras muchas actuaciones milagrosas. La prestigiosa fama de Ulrico, cada día era mayor, pues como se suele decir, corría como la pólvora de boca en boca, por doquier, lo que hizo que cantidad de peregrinos fueran a visitarlo para solicitar su ayuda, tanto espiritual, como de consejo o de curación.


Entre los peregrinos que acudieron a Ulrico, se menciona al rey Enrique I, que junto con su esposa Adela, le pidieron que curara la parálisis que había afectado al caballero Drogo de Munci. Se dice que Ulrico, predijo con dos años de antelación, la muerte del rey Enrique I y aclamó a Esteban como rey, incluso antes de su cuestionado ascenso. Sin embargo, Ulrico prefería el trabajo manual, como la copia y encuadernación de libros o la fabricación de objetos sagrados, para la Iglesia.


Después de casi treinta años, de vida totalmente eremítica, siempre al servicio de Dios y del prójimo, Ulrico murió. Su alma se elevó, al Paraíso Celestial, a la presencia del Sumo Hacedor, el día 20 de febrero del año 1154, en Haselbury, Somersetshire. Su cuerpo recibió cristiana sepultura en la tumba mandada construir por Osbern, en la misma celda, donde había vivido. Dicha celda posteriormente se convirtió en la sacristía de la Iglesia adjunta, sin embargo todo ello se fraguar con la disconformidad de los monjes de Montacute y Forde, los cuales pedían con enorme insistencia su cuerpo.


Entre los años 1185 y 1235, comenzaron a registrarse innumerables milagros, atribuidos a Ulrico, por tal motivo ello su veneración fue inmediata y se extendió rápidamente, siendo especialmente muy venerado en Haselbury. Pronto Haselbury se convirtió en un importantísimo lugar de peregrinación, pues visitaban su tumba para obtener algún prodigio. A finales del año 1633, Giovanni Gerard dice que aún existía su tumba, pero que luego su cuerpo fue trasladado por razones de seguridad a otro lugar, donde presuntamente reposara y cuyo destino aún se desconoce.

La biografía de San Ulrico, es casi contemporánea, escrita por el abad cisterciense Juan de Forde, muy cerca del pueblo de Haselbury, donde se había instalado Ulrico, como ermitaño.


miércoles, febrero 19, 2025

Beato Juan Sullivan, Presbítero profeso de la Compañía de Jesús


Beato John (Juan) Sullivan, Presbítero profeso de la Compañía de Jesús

Febrero 19

Nació en Dublín, Irlanda, el 8 de mayo de 1861 y falleció en Dublín, Irlanda, el 19 de febrero de 1933


Beatificado, durante pontificado de S.S. Francisco, por el cardenal Angelo Amato, s.d.b., prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos y legado papal, en la iglesia San Francisco Javier, Dubín, Irlanda, el 13 de mayo de 2017


Infancia y familia

John Sullivan nació en Dublín, Irlanda, el 8 mayo de 1861, hijo de Edward Sullivan, abogado de confesión protestante, y de Elizabeth Bailey, nativa de una familia de propietarios terratenientes, católica. Fue bautizado el de 15 de junio de 1861 en la iglesia protestante de San Jorge y fue educado según las tradiciones religiosas protestantes: la usanza entre las familias con cónyuges de confesión mixta, de hecho, era que las hijas mujeres sean educadas en la fe de a madre, mientras los varones en la del padre.


En su familia, que contaba tabina tres hermanos y una hermana, el clima era agradable y abierto a la toelrancia religiosa. Del padre aprendió un intenso amor  por los estudios; de la madre, a su vez, aprendió una profunda espiritualidad. La familia Sullivan era una familia de buen pasar y, cuando el jefe de familia se convierte en Lord Cancelliere de Irlanda, se convirtieron aún más un una familia renombrada e interesante, por este motivo,  debían dar a sus hijos una educación de calidad.


En las mejores escuelas de Irlanda

En consecuencia, Juan fue desde 1873 alumno de Portora Royal School, siguiendo las huellas de sus hermanos. En instituto era muy famoso en el ámbito protestante: entre  sus alumnos estaban también el escritor Oscar Wilde. Los inicios del joven en la nueva escuela no fueron felices, sobre todo, como declaró en seguido, fueron bañados de lágrimas. Con el tiempo, sin embargo, se metió plenamente en los estudios, pero se puso a llorar otra vez, pero en esta en ocasión era del disgusto, porque terminó el curso de los estudios.


Prosiguió su formación en  el Trinity College de Dublín, estudiando Letras: en 1885 obtiene una medalla de oro por sus excelentes resultados. Por el resto, llevaba una vida no dispar a la de sus colegas: tenía una intensa vida social y amaba vestirse a la moda, tanto que un amigo de familia lo definió como “el hombre mejor vestido de toda Dublín”. En el  mismo periodo, dejo de frecuentar la Iglesia protestante.


Un buen partido par un ánimo inquieto

En abril de 1885, la muerte del padre arrojó a Juan en uno estado de profunda desesperación: le estaba muy a su lado y, para seguir la carrera que el padre le había designado, había pasado a estudiar Derecho. Por su aguda capacidad de juicio, fue elegido para algunas misiones diplomáticas, como  la de indagar sobre la masacre de los armenios en Ardana en el año 1895. Además, los bienes recibidos en herencia del padre lo hacían, junto a su manera elegante, un óptimo partido para las mujeres de la alta sociedad dublinesa de la época.


Aunque, alguna cosa en su ánimo se estaba iniciando a moverse. A sus amigos parecía que no tuviese particulares intereses religiosos, pero tenía de a poco descubrirlo con las «Confesiones» de san Agustín. Sentía tener mucho en común con él, comenzando de su escepticismo inicial, pero también porqué sabía que su madre, come santa Mónica con el hijo, rezaba por su conversión.


Miembro de la Iglesia católica

Gradualmente inició su curiosidad hacia el catolicismo, tanto hasta  de aprovechar su estancia estival en un  albergue de Derry para unirse a las lecciones de catecismo impartida a una señorita, Ester O’ Kiely. A menudo, después, iba a visitar los enfermos y moribundos en los hospicios, para dar alguna palabra de consuelo, junto con pequeños regalos


Así, en el mes de diciembre de 1896, Juan fue recibido en a Iglesia católica. Su madre estaba felicísima, mientras el resto de la familia había quedado desanimado: no solo porque él se había convertido en un hombre católico, sino también porque en su exterior  continuaba en aparecer indiferente a la religión en general. En los años siguientes, yendo a su trabajo de abogado, fue a visitar el hospital los hospicios y conventos, siempre pronto en ayudar a las religiosas que prestaban en esos lugares sus servicios.


De los vestidos elegantes pasó a vestimentas más modestas, en las huellas de Francisco de Asís, otro de sus santos preferidos.


En la Compañía de Jesús

El estupor de amigos y parientes fue aún  más grande cuando Juan comunicó su intención d entrar en la Compañía de Jesús. En 1900, pues, entró en el noviciado del colegio San Estanislao en Tulamore y profesó los primeros votos el 8 de septiembre de 1902.


Prosiguió los estudios filosóficos en el colegio jesuita de Stonyhurst y, en 1904, pasó a la casa de Miltown Park para el curso teológico. No solo era serio en los estudios, sino también de buen humor, tanto que una de sus connovicios, monseñor John Morris, ha declarado: «No fuese sido por su sentido del humorismo, nos habríamos dado cuenta, dado que éramos todos conocedores de que era muy santo».


Sacerdocio y primeros cargos

Fue ordenado sacerdote de 28 de julio de 1907. Como primer cargo, fue asignado  la comunidad del colegio de Clongowes Wood, donde habría transcurrido gran parte de su existencia. Teniendo muchos testimonios, no era un maestro muy capaz, pero era bien querido peor los estudiantes, que a menudo llevaba a hacer caminatas en los alrededores del colegio.


Se con los otros era indulgente, no era así con la su propia persona: comía alimentos ordinarios y vivía en continuo espíritu de penitencia; dormía a menudo por espacio de no más de dos horas por noche, rezaba hasta tarde y se levantaba muy temprano para continuar el quehacer el día siguiente. Sus vestidos estaban gastadas y sus botas rotas; no aceptó nunca de tomar un par nuevo. Transcurría en la capilla todo momento libre y estaba así recogido hasta de olvidarse de la presencia de otras personas.


Vecino de los enfermos  

 Su fama de santidad se extendió a toda o Clongowes y pueblos vecinos: siempre más de lo frecuente se veían carretas automóviles que llevaban a los enfermos para ser bendecidos. Si  alguno no lograba justo a moverse, él iba, a pie o en su bicicleta media rota. Intenso era también  su apostolado en el confesionario, como también aquel a través de las cartas que enviaba a quien le escribía de gran parte de los condados de Irlanda.


No tardó mucho que iniciaran a difundirse voces de curaciones milagrosas obtenidas a través de su oración y su bendición con el Crucifijo de la profesión religiosa, regalo de su madre, que le había sido concedido de tener consigo. Fueron contrastantes también porque en algunos  casos anticipó a algún enfermo que moriría dentro de poco.


Rector en Rathfarnam en años difíciles

En 1919 padre Sullivan es designado rector de Rathfarnham Castle, casa para los escolásticos jesuitas que debían frecuentar la universidad. En años turbulentos para Irlanda, que llevaron a la independencia al País, debió aplacar muchos los ánimos de los estudiantes, algunos de los cuales tenían amigos o parientes envueltos en la guerra civil.


En tanto continuaba en dispensar sus consejos a cuantos, atormentados por los escrúpulos, recurrían a él, que respondía: «Cuando Dios me perdona los pecados, los sepulta bajo una gruesa lápida. Desenterrarlos es un sacrilegio», o bien: «La gente olvida que “Creo en la remisión de los pecados” es un artículo de fe».


De nuevo en Clongowes

Regresó a Clongowes cinco años después, mientras el Estado Libre de Irlanda buscaba de reunir a  los ciudadanos después de la guerra civil. Padre Sullivan estaba convencido más que nunca que el instituto debía formar a la futura clase dirigente de Irlanda: en efecto, muchos ministros de  los gobiernos de los años ’20 fueron sus alumnos.


Retomó la visita a los  enfermos de los alrededores y, de nuevo, se multiplicaron las curaciones y él atribuidas: una de las más célebres respecta a un sobrino de Michael Collins, el primer presidente del Estado Libre de Irlanda, que llevaba su mismo nombre, atacado de parálisis a los tres años y curado después que él hubo rezado por él  e impuesto las manos sobre la pierna paralizada. Otros enfermos no fueron curados en lo físico, pero consolados en los sufrimientos morales causados por las enfermedades.


La muerte

En cuanto al padre Sullivan,  su  salud andaba empeorando siempre más a partir de 1929. El 5 de febrero de 1933 sufrió un agudo dolor de estómago y fue conducido rápidamente al hospital  de St Vincent en Dublino: tenía el intestino con gangrena y fue operado de urgencia.


A a mañana siguiente recibió la Comunión y continuó rezando en voz alta hasta que, hacia el mediodía, la religiosa enfermera que lo cuidaba, madre Tecla, le ordenó: «Pienso que Ud. haya rezado bastante y haya ofrecido sus sufrimientos a Dios; ahora debe reposar». El paciente  consintió pero agregó rápidamente: «Ud., sin embargo, continúe por mí».


En la tarde fue a buscarlo el padre Gorge Roche, rector de Clongowes, que le preguntó un mensaje para los alumnos: «Dios le bendiga y lo proteja», murmuró. Hacia las tres de la  tarde cayó en estado de semi-inconsciencia, para volverse del todo inconsciente hacia las seis. Murió pues serenamente a las 23 horas del 19 de febrero de 1933.


La reacción de los fieles

La noticia de su muerte conmovió a muchos: la camara ardiente estaba continuamente llena de hombres y mujeres de todas las condiciones sociales y estado de vida, que rezaban o buscaban de obtener cualquier  reliquia; hasta los jovenes médicos y los  estudiantes del hospital le cortaron cualquier trozo de cabellos.

La misma escena se repitió al término de sus funerales en la iglesia, abierta al pueblo, del colegio jesuita de Clongowes, cuando muchos se pusieron cola para tocar el  ataúd con   Rosarios, crucifijos u otros objetos  de devoción. Al ver aquella forma de devoción  y afecto, el hermano del difunto, William Sullivan se largó a llorar.


La fama de santidad y el desarrollo del proceso de beatificación 

La fama de santidad del padre Juan Sullivan no fue a menos con el tiempo, tanto que en 1943, dos años después de la impresión de su primera biografía, el superior provincial de los jesuitas irlandeses envió un cuestionario a sus co- hermanos que lo habían conocido, acerca  conocido, sobre la oportunidad de abrir su causa de beatificación: la respuesta fue afirmativa. Al año sucesivo, el postulador general de la Compañía de Jesús, padre Carlos Micinelli, inscribió su nombre en una lista de potenciales candidatos a los altares.


En fin, en  1947, se formó el tribunal eclesiástico para el proceso informativo, cuya primera sesión se desarrolló en la iglesia de San Francisco Javier en Dublín, donde, en el año 1960, fueron trasladados los restos mortales del Siervo de Dios Juan Sullivan.


Las otras etapas del proceso

Después que los documentos de a causa fueron traducidos al italiano, fueron examinados en el año 1969 por la Sagrada Congregación de Ritos - el organismo competente en la época-, mientras en 1972 el nuevo Dicasterio de las Causas de los Santos dio la aprobación a los escritos del Siervo de Dios. En junio de 2002, los resultados de una indagación supletoria, desarrollada aun en la diócesis de  ancora Dublín, fueron enviados a la Santa Sede; la “Positio super virtutibus” fue consignada en el año 2004.


Los consultores teólogos de la Congregación de las Causas de los Santos dieron el parecer positivo acerca del ejercicio de las virtudes heroicas por parte del padre Sullivan, que pudo ser llamado Venerable después de la promulgación del relativo decreto, el 10 de febrero de 2006. 

El milagro  y la beatificación 


Como  potencial  milagro  para obtener su  beatificación  ha sido valorada la curación de Delia Farnham, dublinés, de un tumor al cuello, acecido en  1954. El decreto que lo aprobaba ha sido promulgado el de 26 abril de 2016.


El rito de la beatificación, presidido por el cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, come delegado del Santo Padre, ha sido celebrado el 13 de mayo de 2017, la primera en el territorio irlandés.


Aún hoy, la tumba del Beato Juan Sullivan es visitada por muchisimos fieles de gran parte d Irlanda, que van  a visitarlo como ya acontecía cuando estaba en vida. Los jesuitas de la  iglesia de Gardiner Street continúan  llevando a varias localidades la reliquia del crucifijo del padre Sullivan para impartir, como hacía él, la bendición divina.


El milagro aprobado

Varios milagros han sido atribuidos a la intercesión del P. John Sullivan, pero el milagro aprobado se refiere al ocurrido en 1954 cuando la dublinesa Delia Farnham, teniendo un tumor canceroso en su cuello, oró al Siervo de Dios pidiéndole su ayuda para recuperar la salud. El tumor desapareció sin explicación médica alguna.


El 26 de abril de 2016, el Papa Francisco recibió en audiencia al cardenal Angelo Amato, s.d.b., Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos y durante la misma autorizó a la Congregación a promulgar el decreto referente a un milagro atribuido a su intercesión.