martes, mayo 19, 2026

Evangelio Mayo 19, 2026

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Martes 7 de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 17,1-11a): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. 


»Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado. 


»Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti».


«Padre, ha llegado la hora»

Rev. D. Pere OLIVA i March - (Sant Feliu de Torelló, Barcelona, España)


Hoy, el Evangelio de san Juan —que hace días estamos leyendo— comienza hablándonos de la “hora”: «Padre, ha llegado la hora» (Jn 17,1). El momento culminante, la glorificación de todas las cosas, la donación máxima de Cristo que se entrega por todos... “La hora” es todavía una realidad escondida a los hombres; se revelará a medida que la trama de la vida de Jesús nos abra la perspectiva de la cruz.

¿Ha llegado la hora? ¿La hora de qué? Pues ha llegado la hora en que los hombres conozcamos el nombre de Dios, o sea, su acción, la manera de dirigirse a la Humanidad, la manera de hablarnos en el Hijo, en el Cristo que el Padre ama.

Los hombres y las mujeres de hoy, conociendo a Dios por Jesús («las palabras que tú me diste se las he dado a ellos»: Jn 17,8), llegamos a ser testigos de la vida, de la vida divina que se desarrolla en nosotros por el sacramento bautismal. En Él vivimos, nos movemos y somos; en Él encontramos palabras que alimentan y que nos hacen crecer; en Él descubrimos qué quiere Dios de nosotros: la plenitud, la realización humana, una existencia que no vive de vanagloria personal sino de una actitud existencial que se apoya en Dios mismo y en su gloria. Como nos recuerda san Ireneo, «la gloria de Dios es que el hombre viva». ¡Alabemos a Dios y su gloria para que la persona humana llegue a su plenitud!

Estamos marcados por el Evangelio de Jesucristo; trabajamos para la gloria de Dios, tarea que se traduce en un mayor servicio a la vida de los hombres y mujeres de hoy. Esto quiere decir: trabajar por la verdadera comunicación humana, la felicidad verdadera de la persona, fomentar el gozo de los tristes, ejercer la compasión con los débiles... En definitiva: abiertos a la Vida (en mayúscula).

Por el espíritu, Dios trabaja en el interior de cada ser humano y habita en lo más profundo de la persona y no deja de estimular a todos a vivir de los valores del Evangelio. La Buena Nueva es expresión de la felicidad liberadora que Él quiere darnos.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «De manera que todos nosotros ya no somos más que una sola cosa en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: una sola cosa por identidad de condición, por la asimilación que obra el amor, por comunión de la santa humanidad de Cristo y por participación del único y Santo Espíritu» (San Cirilo de Alejandría)
  • «Conocer a Jesús significa conocer al Padre, y conocer al Padre quiere decir entrar en comunión real con el Origen mismo de la vida, de la luz y del amor» (Benedicto XVI)
  • «La vigilancia es ‘guarda del corazón’, y Jesús pide al Padre que ‘nos guarde en su Nombre’ (Jn 17,11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. ‘Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela’ (Ap 16,15)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.849)

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Fuente: https://evangeli.net

lunes, mayo 18, 2026

Evangelio Mayo 18, 2026

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Lunes 7 de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 16,29-33): En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios». Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo».


«¡Ánimo!: yo he vencido al mundo»

Rev. D. Miquel SALÓ Casajuana  - (Sabadell, Barcelona, España)


Hoy, Jesús afirma que los discípulos lo dejarán solo, pero añade inmediatamente que no está solo, «porque el Padre está conmigo» (Jn 16,32). Padre, Hijo y Espíritu Santo forman una comunidad de amor. Del mismo modo, los bautizados también participamos de esta comunión de amor; nunca estamos solos: «Precisamente porque Cristo nos ama, no nos deja solos en las pruebas de la vida; nos promete el Paráclito, es decir, el Abogado, el Espíritu de la verdad» (León XIV).

Podemos participar de la vida divina en cualquier momento. Como criaturas, el Padre siempre nos mantiene en el ser. Como bautizados siempre podemos participar de la Inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros. Ten presente que siempre puedes dirigirte al Señor en cualquier lugar y circunstancia. Esta relación con la Trinidad se nutre especialmente en los sacramentos y se ha de manifestar en la práctica de la caridad.

Es necesario cuidar la relación con Dios para hacerla más intensa y viva: participar de los sacramentos (especialmente, la Eucaristía y la Penitencia), tener una vida de más intimidad a través de la oración, la lectura de la Sagrada Escritura o la práctica de la caridad siguiendo las obras de misericordia. Él sale a nuestro encuentro; hemos de acogerle en nuestra persona.

Con la vista puesta en la Ascensión y en Pentecostés, el Evangelio también nos recuerda que Cristo ha vencido a la muerte. Jesucristo ha resucitado realmente. Todavía estamos en el tiempo de Pascua. Jesús nos recuerda que Él ha vencido al mundo (cf. Jn 16,33). Si lo comparamos con el mundo del deporte, sería como estar jugando un partido en el que sabemos que ya está ganado. Esto no significa que no haya peligros; esto no supone no haya necesidad de esforzarse. A pesar de que todavía queda tiempo de partido y que habrá que sudar y sufrir, sabemos que la victoria es nuestra.

¡Siempre de la mano de María! Ella está llena del Espíritu Santo, vivió una vida de gran intimidad con Cristo, lo llevó dentro durante nueve meses, lo escuchó a lo largo de los años y acompañó a los discípulos en la recepción el Espíritu Santo el día de Pentecostés.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Durante todo este tiempo que media entre la resurrección del Señor y su ascensión, la providencia de Dios se ocupó en demostrar, insinuándose en los ojos y en el corazón de los suyos, que la resurrección del Señor Jesucristo era tan real como su nacimiento, pasión y muerte» (San León Magno)
  • «Aquí nos interesa destacar el secreto de la insondable alegría que Jesús lleva dentro de sí y que le es propia. Si Jesús irradia esa paz, esa seguridad, esa alegría, esa disponibilidad, se debe al amor inefable con que se sabe amado por su Padre» (San Pablo VI)
  • «(…) La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. (...) ‘En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo’ (Jn 16,33)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.808)

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Fuente: https://evangeli.net

Santa Ælfgifu de Shaftesbury, Reina y Abadesa

Santa Ælfgifu de Shaftesbury, Reina y Abadesa

Mayo 18

Santa Ælfgifu de Shaftesbury fue una reina anglosajona del siglo X, vinculada a la casa real de Wessex y posteriormente venerada como abadesa y mujer de profunda virtud cristiana. Aunque las fuentes históricas sobre su vida son escasas y fragmentarias, su memoria permaneció viva durante siglos en la célebre abadía de Shaftesbury, donde fue sepultada y honrada por el pueblo inglés medieval.


De su infancia y juventud apenas han llegado noticias seguras. Se sabe que su madre se llamaba Wynflæd, dama noble poseedora de extensas propiedades en diversos condados de Inglaterra. Ælfgifu nació probablemente en el primer tercio del siglo X, en una época marcada por las luchas entre los reinos anglosajones y las invasiones danesas, cuando la dinastía de Wessex consolidaba la unificación de Inglaterra.


Hacia el año 940 contrajo matrimonio con el rey San Edmundo I “el Magnífico”, soberano de los ingleses y nieto del célebre rey Alfredo el Grande. El matrimonio fortalecía alianzas entre familias nobles y daba estabilidad a la joven monarquía inglesa. De esta unión nacieron al menos tres hijos: Eadwig, que más tarde reinaría como rey de Inglaterra; San Eduardo “el Mártir”, venerado posteriormente por la Iglesia; y una hija cuyo nombre no ha sido conservado por las crónicas.


Las noticias sobre la vida de Ælfgifu en la corte son discretas. A diferencia de otras reinas medievales, no aparece implicada en intrigas políticas ni en grandes conflictos dinásticos. Las fuentes la presentan más bien como una mujer de carácter reservado y piadoso, cuya influencia se ejercía silenciosamente dentro de la familia real.


En algún momento, posiblemente poco antes de la muerte de San Edmundo en 946, el matrimonio se rompió y Ælfgifu fue apartada de la vida cortesana. Las razones exactas no se conocen con certeza y las crónicas antiguas son ambiguas; por ello, conviene evitar exageraciones o interpretaciones novelescas. Lo cierto es que, apartada de la política y de la corte, la reina se retiró a la abadía de Shaftesbury, importante monasterio femenino fundado en el siglo IX por el rey Alfredo el Grande.


Shaftesbury era uno de los centros religiosos más prestigiosos de Inglaterra. Allí Ælfgifu encontró una vida de oración, penitencia y gobierno monástico. La antigua reina llegó a ser abadesa de la comunidad y administró con prudencia las propiedades del monasterio. La localidad y sus tierras le habían quedado vinculadas por herencia real, circunstancia que provocó tensiones años más tarde cuando su hijo Eadwig ascendió al trono en 955 e intentó recuperar ciertos dominios asociados a la abadía. Sin embargo, ni el rey ni la nobleza se atrevieron a enfrentarse abiertamente con la poderosa comunidad monástica ni con la respetada figura de la reina madre.


Las crónicas monásticas recuerdan a Ælfgifu como una mujer de gran paciencia y humildad. Los últimos años de su vida estuvieron marcados por una enfermedad larga y dolorosa, sufrida con espíritu cristiano. Según la tradición, aquella prueba perfeccionó todavía más sus virtudes de mansedumbre, resignación y confianza en Dios. Murió santamente en el año 971 y fue sepultada en la misma abadía de Shaftesbury.


Tras su muerte comenzó espontáneamente su veneración popular. Las monjas del monasterio promovieron su memoria como ejemplo de reina convertida en sierva de Dios, y pronto su tumba empezó a recibir peregrinos. Resulta curioso que la mujer que la sucedió como abadesa fuese Ethelfleda de Wilsaeths, relacionada también con el entorno del rey Edmundo.


Uno de los testimonios más antiguos sobre su culto aparece en un escrito de Lantfred de Winchester, hacia el año 980. Allí se narra el milagro de un joven ciego que habría recuperado la vista después de peregrinar a la tumba de la santa reina y orar con fe ante sus reliquias.


La fama de Shaftesbury creció todavía más cuando las reliquias de su nieto, San Eduardo “el Mártir”, fueron trasladadas allí. Los numerosos peregrinos que acudían a venerar al joven rey mártir honraban igualmente la sepultura de su abuela Ælfgifu, aumentando así la difusión de su culto en Inglaterra.


Con el paso de los siglos y especialmente después de la Reforma protestante en Inglaterra, el culto litúrgico de Santa Ælfgifu desapareció casi por completo. La abadía fue destruida y hoy sólo permanecen algunos restos arqueológicos, una iglesia y un museo que recuerdan la antigua grandeza espiritual de Shaftesbury.


Aunque actualmente es una figura poco conocida fuera de ciertos estudios históricos y hagiográficos, Santa Ælfgifu permanece como ejemplo de reina cristiana que, tras las dificultades y humillaciones de la vida política, abrazó la vida religiosa con humildad y perseverancia, convirtiéndose en madre espiritual de su pueblo y de su comunidad monástica.


Fuentes y referencias históricas

  • Translatio et Miracula S. Swithuni, de Lantfred de Winchester (c. 980), donde se menciona un milagro atribuido a Santa Ælfgifu.
  • Anglo-Saxon Chronicle (Crónica Anglosajona), principal fuente para la genealogía de los reyes de Wessex.
  • Guillermo de Malmesbury, Gesta Regum Anglorum (siglo XII).
  • Tradiciones monásticas de la abadía de Shaftesbury.
  • Barbara Yorke, Kings and Kingdoms of Early Anglo-Saxon England.
  • Ann Williams, The English and the Norman Conquest.
  • Oxford Dictionary of National Biography, voz: “Ælfgifu of Shaftesbury”.


Nota histórica

Debido a la escasez de documentos contemporáneos, algunos detalles de la vida de Santa Ælfgifu permanecen inciertos. Sin embargo, su existencia histórica, su condición de reina de Wessex, su vinculación con la abadía de Shaftesbury y el culto medieval tributado a su memoria están sólidamente atestiguados por las fuentes inglesas medievales.

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Vidas Santas

domingo, mayo 17, 2026

Evangelio Mayo 17, 2026

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Ascensión del Señor (A)

Texto del Evangelio (Mt 28,16-20): En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».


«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra»

Dr. Josef ARQUER - (Berlin, Alemania)


Hoy, contemplamos unas manos que bendicen —el último gesto terreno del Señor (cf. Lc 24,51). O unas huellas marcadas sobre un montículo —la última señal visible del paso de Dios por nuestra tierra. En ocasiones, se representa ese montículo como una roca, y la huella de sus pisadas queda grabada no sobre tierra, sino en la roca. Como aludiendo a aquella piedra que Él anunció y que pronto será sellada por el viento y el fuego de Pentecostés. La iconografía emplea desde la antigüedad esos símbolos tan sugerentes. Y también la nube misteriosa —sombra y luz al mismo tiempo— que acompaña a tantas teofanías ya en el Antiguo Testamento. El rostro del Señor nos deslumbraría.

San León Magno nos ayuda a profundizar en el suceso: «Lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado ahora a sus misterios». ¿A qué misterios? A los que ha confiado a su Iglesia. El gesto de bendición se despliega en la liturgia, las huellas sobre tierra marcan el camino de los sacramentos. Y es un camino que conduce a la plenitud del definitivo encuentro con Dios.

Los Apóstoles habrán tenido tiempo para habituarse al otro modo de ser de su Maestro a lo largo de aquellos cuarenta días, en los que el Señor —nos dicen los exegetas— no “se aparece”, sino que —en fiel traducción literal— “se deja ver”. Ahora, en ese postrer encuentro, se renueva el asombro. Porque ahora descubren que, en adelante, no sólo anunciarán la Palabra, sino que infundirán vida y salud, con el gesto visible y la palabra audible: en el bautismo y en los demás sacramentos.

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Todo poder.... Ir a todas las gentes... Y enseñar a guardar todo... Y El estará con ellos —con su Iglesia, con nosotros— todos los tiempos (cf. Mt 28,19-20). Ese “todo” retumba a través de espacio y tiempo, afirmándonos en la esperanza.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Se aprovecharon tanto los Apóstoles de la Ascensión del Señor que todo lo que antes les causaba miedo, después se convirtió en gozo. Desde aquel momento elevaron toda la contemplación de su alma a la divinidad sentada a la diestra del Padre» (San León Magno)
  • «La Ascensión de Jesús al cielo constituye el fin de la misión que el Hijo ha recibido del Padre y el inicio de la continuación de esta misión por parte de la Iglesia, que durará hasta el final de la historia y gozará de la ayuda del Señor resucitado» (Francisco)
  • «La Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Una y otra hacen presente y fecundo en la Iglesia el misterio de Cristo, que ha prometido estar con los suyos ‘para siempre hasta el fin del mundo’ (Mt 28,20)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 80)

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Fuente: https://evangeli.net

San Cathan de Kingarth, Fundador y Abad

San Cathan de Kingarth, Fundador y Abad

Mayo 17


San Cathan de Kingarth nació probablemente en Irlanda durante el siglo VI, en el ambiente monástico céltico que floreció después de la evangelización de la isla por San Patricio y sus discípulos. Pertenece al grupo de santos misioneros gaélicos que extendieron el cristianismo desde Irlanda hacia las regiones occidentales de Escocia, especialmente entre los pueblos escotos y pictos. Su nombre aparece también como Catan, Chattan o Cathán, debido a las variantes gaélicas y latinas conservadas en antiguas genealogías y martirologios.


La tradición lo recuerda como hermano de Santa Berta de Escocia y tío de San Blane. Junto con varios discípulos y miembros de su familia, Cathan cruzó el mar hacia las costas occidentales de Escocia, estableciéndose finalmente en la isla de Bute, donde fundó una importante comunidad monástica en Kingarth. Este monasterio llegaría a convertirse en uno de los principales centros cristianos de la región y ejercería gran influencia espiritual sobre las islas cercanas y sobre parte del territorio picto.


La tradición hagiográfica conserva un episodio muy conocido y dramático relacionado con su hermana Berta. Según antiguos relatos escoceses e irlandeses, Berta quedó embarazada fuera del matrimonio, siendo señalado como padre del niño el rey Áedán mac Gabráin, aunque los historiadores modernos consideran incierto este detalle. Siguiendo costumbres severas propias de ciertas leyes tribales célticas, Cathan habría reaccionado con gran dureza y ordenado que Berta y el recién nacido fueran colocados en una pequeña embarcación sin remos ni velas y abandonados a la deriva en el mar.


La leyenda continúa narrando que la providencia divina protegió a madre e hijo, y la embarcación llegó a las costas del Ulster. Allí fueron recibidos por San Comgall de Bangor y San Cainnech de Aghaboe, dos de los grandes monjes irlandeses de la época. Ambos acogieron a Berta y educaron cristianamente al niño, que con el tiempo sería conocido como San Blane.


Pasados los años, Cathan se habría arrepentido profundamente de su dureza y buscó reconciliarse con su hermana y con su sobrino. La tradición sostiene que Blane regresó más tarde a Escocia y fue formado para suceder a su tío en la comunidad monástica de Kingarth. Con el tiempo, Blane se convirtió en obispo y misionero entre los pictos, trabajando junto a Cathan en la evangelización de diversas regiones del actual territorio escocés.


Ambos santos son relacionados tradicionalmente con la fundación cristiana de Dunblane, donde más tarde surgiría la célebre catedral medieval dedicada a San Blane. Aunque la actual construcción pertenece a siglos posteriores, la memoria local conservó el recuerdo de aquellos primeros misioneros célticos que llevaron el Evangelio a las tierras pictas.


San Cathan de Kingarth murió probablemente hacia finales del siglo VI. La tradición escocesa afirma que fue sepultado en la isla de Bute, cerca de su monasterio de Kingarth, mientras que algunas fuentes irlandesas sostienen que sus reliquias reposaron en Tamlacht. Como sucede con muchos santos célticos antiguos, los datos históricos seguros son escasos y gran parte de su biografía quedó envuelta en relatos monásticos transmitidos oralmente durante generaciones.


A pesar de ello, la figura de San Cathan permaneció viva en Escocia e Irlanda como ejemplo de abad misionero y fundador monástico. Su memoria quedó particularmente ligada al desarrollo del cristianismo primitivo en las Hébridas y en las regiones pictas, así como a la historia espiritual de San Blane y de la antigua comunidad de Kingarth.

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Fuente: Vidas Santas

sábado, mayo 16, 2026

Evangelio Mayo 16, 2026

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Sábado 6 de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 16, 23-28): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado. Os he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre. Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre».


«Salí del Padre (...) y voy al Padre»

Rev. D. Xavier ROMERO i Galdeano - (Cervera, Lleida, España)


Hoy, en vigilias de la fiesta de la Ascensión del Señor, el Evangelio nos deja unas palabras de despedida entrañables. Jesús nos hace participar de su misterio más preciado; Dios Padre es su origen y es, a la vez, su destino: «Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16,28).

No debiera dejar de resonar en nosotros esta gran verdad de la segunda Persona de la Santísima Trinidad: realmente, Jesús es el Hijo de Dios; el Padre divino es su origen y, al mismo tiempo, su destino.

Para aquellos que creen saberlo todo de Dios, pero dudan de la filiación divina de Jesús, el Evangelio de hoy tiene una cosa importante a recordar: “Aquel” a quien los judíos denominan Dios es el que nos ha enviado a Jesús; es, por tanto, el Padre de los creyentes. Con esto se nos dice claramente que sólo puede conocerse a Dios de verdad si se acepta que este Dios es el Padre de Jesús.

Y esta filiación divina de Jesús nos recuerda otro aspecto fundamental para nuestra vida: los bautizados somos hijos de Dios en Cristo por el Espíritu Santo. Esto esconde un misterio bellísimo para nosotros: esta paternidad divina adoptiva de Dios hacia cada hombre se distingue de la adopción humana en que tiene un fundamento real en cada uno de nosotros, ya que supone un nuevo nacimiento. Por tanto, quien ha quedado introducido en la gran Familia divina ya no es un extraño.

Por esto, en el día de la Ascensión se nos recordará en la Oración Colecta de la Misa que todos los hijos hemos seguido los pasos del Hijo: «Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza, porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo». En fin, ningún cristiano debiera “descolgarse”, pues todo esto es más importante que participar en cualquier carrera o maratón, ya que la meta es el cielo, ¡Dios mismo!


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «La gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de Dios» (San Ireneo de Lyon)
  • «Después del gran descubrimiento de Jesucristo entrando en el terreno de la fe, encontramos a menudo una vida oscura, dura, difícil, una siembra con lágrimas, pero seguros de que la luz de Cristo, al final, nos da una gran cosecha» (Benedicto XVI)
  • «Lo que el Padre nos da cuando nuestra oración está unida a la de Jesús, es ‘otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad’ (Jn 14,16-17). Esta novedad de la oración y de sus condiciones aparece en todo el Discurso de despedida. En el Espíritu Santo, la oración cristiana es comunión de amor con el Padre, no solamente por medio de Cristo, sino también en Él (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.615)

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Fuente: https://evangeli.net

viernes, mayo 15, 2026

Evangelio Mayo 15, 2026

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Viernes 6 de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 16,20-23a): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada».


«Vuestra tristeza se convertirá en gozo»

Rev. D. Joaquim FONT i Gassol - (Igualada, Barcelona, España)


Hoy comenzamos el Decenario del Espíritu Santo. Reviviendo el Cenáculo, vemos a la Madre de Jesús, Madre del Buen Consejo, conversando con los Apóstoles. ¡Qué conversación tan cordial y llena! El repaso de todas las alegrías que habían tenido al lado del Maestro. Los días pascuales, la Ascensión y las promesas de Jesús. Los sufrimientos de los días de la Pasión se han tornado alegrías. ¡Qué ambiente tan bonito en el Cenáculo! Y el que se está preparando, como Jesús les ha dicho.

Nosotros sabemos que María, Reina de los Apóstoles, Esposa del Espíritu Santo, Madre de la Iglesia naciente, nos guía para recibir los dones y los frutos del Espíritu Santo. Los dones son como la vela de una embarcación cuando está desplegada y el viento —que representa la gracia— le va a favor: ¡qué rapidez y facilidad en el camino!

El Señor nos promete también en nuestra ruta convertir las fatigas en alegría: «Vuestra alegría nadie os la podrá quitar» (Jn 16,23) y «vuestra alegría será completa» (Jn 16,24). Y en el Salmo 126,6: «Al ir, va llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando trayendo sus gavillas».

Durante toda esta semana, la Liturgia nos habla de rejuvenecer, de exultar (saltar de alegría), de la felicidad segura y eterna. Todo nos lleva a vivir de oración. Como nos dice san Josemaría: «Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino. —Pide esa misma alegría sobrenatural para todos».

El ser humano necesita reír para la salud física y espiritual. El humor sano enseña a vivir. San Pablo nos dirá: «Sabemos que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios» (Rom 8,28). ¡He aquí una buena jaculatoria!: «¡Todo es para bien!»; «Omnia in bonum!».


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo. ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso?» (San León Magno)
  • «La alegría humana puede ser borrada por cualquier cosa, por cualquier dificultad. Pero esta alegría que el Señor nos da nos hace gozar en la esperanza de encontrarlo, incluso en los momentos más oscuros» (Francisco)
  • «(…) Cristo, que ha asumido todo para rescatar todo, es glorificado por las peticiones que ofrecemos al Padre en su Nombre (cf. Jn 14,13). Con esta seguridad, Santiago y Pablo nos exhortan a orar en toda ocasión» (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2.633)

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Fuente: https://evangeli.net