domingo, febrero 08, 2026

Evangelio Febrero 8, 2026

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Domingo 5 (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 5,13-16): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».


«Vosotros sois la luz del mundo»

Rev. D. Josep FONT i Gallart - (Getafe, España)


Hoy, el Evangelio nos hace una gran llamada a ser testimonios de Cristo. Y nos invita a serlo de dos maneras, aparentemente, contradictorias: como la sal y como la luz.

La sal no se ve, pero se nota; se hace gustar, paladear. Hay muchas personas que “no se dejan ver”, porque son como “hormiguitas” que no paran de trabajar y de hacer el bien. A su lado se puede paladear la paz, la serenidad, la alegría. Tienen —como está de moda decir hoy— “buenas radiaciones”.

La luz no se puede esconder. Hay personas que “se las ve de lejos”: Santa Teresa de Calcuta, el Papa, el Párroco de un pueblo. Ocupan puestos importantes por su liderazgo natural o por su ministerio concreto. Están “encima del candelero”. Como dice el Evangelio de hoy, «en la cima de un monte» o en «el candelero» (cf. Mt 5,14.15).

Todos estamos llamados a ser sal y luz. Jesús mismo fue “sal” durante treinta años de vida oculta en Nazaret. Dicen que san Luis Gonzaga, mientras jugaba, al preguntarle qué haría si supiera que al cabo de pocos momentos habría de morir, contestó: «Continuaría jugando». Continuaría haciendo la vida normal de cada día, haciendo la vida agradable a los compañeros de juego.

A veces estamos llamados a ser luz. Lo somos de una manera clara cuando profesamos nuestra fe en momentos difíciles. Los mártires son grandes lumbreras. Y hoy, según en qué ambiente, el solo hecho de ir a misa ya es motivo de burlas. Ir a misa ya es ser “luz”. Y la luz siempre se ve; aunque sea muy pequeña. Una lucecita puede cambiar una noche.

Pidamos los unos por los otros al Señor para que sepamos ser siempre sal. Y sepamos ser luz cuando sea necesario serlo. Que nuestro obrar de cada día sea de tal manera que viendo nuestras buenas obras la gente glorifique al Padre del cielo (cf. Mt 5,16).


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «De nuevo se refiere al mundo, al orbe entero; luz que hay que entenderla en sentido espiritual. Con estas palabras, insiste el Señor en la perfección de vida que han de llevar sus discípulos» (San Juan Crisóstomo)
  • «Vosotros, que habéis acogido en vuestro corazón el mensaje salvador de Cristo, sois, pues, sal de la tierra porque habéis de contribuir a evitar que la vida del hombre se deteriore o que se corrompa persiguiendo los falsos valores» (San Juan Pablo II)
  • «La fidelidad de los bautizados es una condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo. Para manifestar ante los hombres su fuerza de verdad y de irradiación, el mensaje de la salvación debe ser autentificado por el testimonio de vida de los cristianos (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.044)

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Fuente: https://evangeli.net


San Teodoro Stratelates o Heraclea, Gran Mártir

San Teodoro Stratelates o Heraclea, Gran Mártir y General del Ejército

Febrero 8, Junio 8


San Teodoro Stratelates —llamado también Teodoro de Heraclea— fue uno de los grandes mártires militares del siglo IV y es venerado especialmente en la tradición oriental como patrón de los soldados cristianos.


Era originario de Evcháita, en Asia Menor, y estaba dotado de grandes talentos, notable inteligencia y una presencia imponente. Por su vida recta y su caridad, Dios lo iluminó con el conocimiento de la verdad cristiana. Antes incluso de su martirio, su valentía se hizo célebre cuando, con la ayuda de Dios, venció a una gigantesca serpiente que habitaba en un precipicio a las afueras de Evcháita y que había sembrado el terror en toda la región. Armado únicamente con su fe y su espada, derrotó al monstruo y glorificó públicamente el nombre de Cristo.


Por su valor y capacidad, fue nombrado comandante militar (stratelatos) de la ciudad de Heraclea, donde supo unir su autoridad militar con la predicación del Evangelio. Su palabra, reforzada por su ejemplo de vida cristiana, llevó a muchos de sus subordinados y habitantes de la ciudad a abandonar la idolatría; según la tradición, gran parte de Heraclea abrazó el cristianismo.


Durante el reinado del emperador Licinio (311–324), se desencadenó una violenta persecución contra los cristianos. El emperador intentó obligar a Teodoro a ofrecer sacrificios a los dioses paganos. El santo fingió aceptar, pidiendo que le entregaran las estatuas de oro y plata para realizar el sacrificio en privado. Una vez en su poder, las destruyó y distribuyó el metal entre los pobres, demostrando la impotencia de los ídolos y la caridad cristiana.


Al descubrirse el engaño, San Teodoro fue arrestado y sometido a terribles tormentos: fue arrastrado, golpeado con varas de hierro, perforado con púas, quemado con fuego, privado de la vista y finalmente crucificado. Sin embargo, Dios quiso manifestar su gloria: un ángel sanó milagrosamente su cuerpo y lo liberó de la cruz. Al encontrarlo vivo y sano al día siguiente, muchos soldados imperiales, testigos del prodigio, se convirtieron y recibieron el bautismo.


Lejos de huir, San Teodoro se entregó voluntariamente de nuevo a Licinio y exhortó a los cristianos a no vengarse, recordándoles que Cristo mismo, clavado en la cruz, no permitió que los ángeles castigaran a sus verdugos. Antes de su ejecución, abrió milagrosamente las puertas de la prisión y liberó a otros cautivos; quienes tocaban su túnica eran curados de enfermedades y liberados de la opresión demoníaca.


Finalmente, por orden del emperador, San Teodoro Stratelates fue decapitado. Antes de morir pidió que se registrara el día de su martirio y que su cuerpo fuera sepultado en Evcháita.


Recibió la corona del martirio el 8 de febrero del año 319, a la hora tercera del día.


San Teodoro Stratelates es venerado como Gran Mártir, ejemplo de valentía cristiana, fidelidad a Cristo y caridad heroica.


La Iglesia lo conmemora principalmente el 8 de febrero, y también el 8 de junio en la tradición oriental.


No confundir a San Teodoro Stratelates con San Teodoro de Amasea


Aunque ambos santos comparten el nombre de Teodoro, no se trata del mismo mártir y pertenecen a tradiciones hagiográficas distintas.


-San Teodoro Stratelates fue un general (stratelates) del ejército romano, martirizado bajo el emperador Licinio en el año 319. Es venerado principalmente en la tradición oriental y se le representa como soldado de alto rango, con armadura, lanza o estandarte, y es considerado patrono de los soldados. Su conmemoración principal es el 8 de febrero (y también el 8 de junio).


-En cambio, San Teodoro de Amasea —también conocido como Teodoro Tiro— fue un soldado raso martirizado anteriormente, a comienzos del siglo IV. Su culto es igualmente muy antiguo, pero su iconografía es más sencilla, y su martirio se sitúa en un contexto distinto.

Su fiesta se celebra el 7 de febrero en varios calendarios.


La similitud del nombre y el hecho de que ambos sean mártires militares ha provocado, a lo largo de los siglos, confusiones iconográficas y hagiográficas. Por ello, es importante identificar correctamente a cada uno según su título, fecha y atributos, para no atribuir erróneamente la vida, los milagros o la iconografía de uno al otro.



sábado, febrero 07, 2026

Evangelio Febrero 7, 2026

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Sábado 4 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 6,30-34): En aquel tiempo, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco». Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.


«‘Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco’. Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo»

Rev. D. David COMPTE i Verdaguer - (Manlleu, Barcelona, España)


Hoy, el Evangelio nos plantea una situación, una necesidad y una paradoja que son muy actuales.

Una situación. Los Apóstoles están “estresados”: «Los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer» (Mc 6,30). Frecuentemente nosotros nos vemos abocados al mismo trasiego. El trabajo exige buena parte de nuestras energías; la familia, donde cada miembro quiere palpar nuestro amor; las otras actividades en las que nos hemos comprometido, que nos hacen bien y, a la vez, benefician a terceros... ¿Querer es poder? Quizá sea más razonable reconocer que no podemos todo lo que quisiéramos.

Una necesidad. El cuerpo, la cabeza y el corazón reclaman un derecho: descanso. En estos versículos tenemos un manual, frecuentemente ignorado, sobre el descanso. Ahí destaca la comunicación. Los Apóstoles «le contaron todo lo que habían hecho» (Mc 6,30). Comunicación con Dios, siguiendo el hilo de lo más profundo de nuestro corazón. Y —¡qué sorpresa!— encontramos a Dios que nos espera. Y espera encontrarnos con nuestros cansancios.

Jesús les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco» (Mc 6,31). ¡En el plan de Dios hay un lugar para el descanso! Es más, nuestra existencia, con todo su peso, debe descansar en Dios. Lo descubrió el inquieto Agustín: «Nos has creado para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti». El reposo de Dios es creativo; no “anestésico”: toparse con su amor centra nuestro corazón y nuestros pensamientos.

Una paradoja. La escena del Evangelio acaba “mal”: los discípulos no pueden reposar. El plan de Jesús fracasa: son abordados por la gente. No han podido “desconectar”. Nosotros, con frecuencia, no podemos liberarnos de nuestras obligaciones (hijos, cónyuge, trabajo...): ¡sería como traicionarnos! Se impone encontrar a Dios en estas realidades. Si hay comunicación con Dios, si nuestro corazón descansa en Él, relativizaremos tensiones inútiles... y la realidad —desnuda de quimeras— mostrará mejor la impronta de Dios. En Él, allí, hemos de reposar.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Si no es con Dios o por Dios, no hay descanso que no canse» (Santa Teresa de Jesús)
  • «El descanso divino del séptimo día no se refiere a un Dios inactivo, sino que subraya la plenitud de la realización llevada a término, dirigiendo al mismo una mirada “contemplativa”, que ya no aspira a nuevas obras, sino más bien a gozar de la belleza de lo realizado» (San Juan Pablo II)
  • «El obrar de Dios es el modelo del obrar humano. Si Dios ‘tomó respiro’ el día séptimo, también el hombre debe “holgar” y hacer que los otros, sobre todo los pobres, ‘recobren aliento’ (Ex 23,12). El Sábado interrumpe los trabajos cotidianos y concede un respiro. Es un día de protesta contra las servidumbres del trabajo y el culto al dinero» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.172)

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Fuente: https://evangeli.net


Beato Guido de Montpellier, Religioso y Fundador

Beato Guido de Montpellier, Religioso y Fundador de los Hospitalarios del Espíritu Santo

Febrero 7

El Beato Guido de Montpellier, también conocido como Guido de Montepiller, nació en la segunda mitad del siglo XII en la ciudad francesa de Montpellier, en el seno de una familia acomodada. Desde joven mostró una profunda sensibilidad hacia el sufrimiento humano, lo que lo llevó a consagrar su vida al servicio de los pobres, los enfermos y los más abandonados.


Fundación del Hospital del Espíritu Santo

Antes del año 1190, Guido inició una obra de caridad sin precedentes al fundar un hospital en las afueras de Montpellier, destinado a acoger a los pobres y necesitados. Desde el comienzo, confió explícitamente esta obra al Espíritu Santo, convencido de que la caridad auténtica debía nacer de la acción divina y no del mérito humano.


Pronto, su ejemplo atrajo a numerosos colaboradores —hombres y mujeres, laicos y clérigos— deseosos de compartir una vida dedicada a la misericordia. Así surgió una comunidad hospitalaria con una fisonomía novedosa para la época, uniendo vida religiosa, servicio activo y apertura universal a todo tipo de necesitados.


Apoyo pontificio y reconocimiento eclesial

Durante sus estudios en Francia, Lotario de Segni, futuro Papa Inocencio III, conoció personalmente la obra de Guido. Una vez elegido Sumo Pontífice, se convirtió en su más firme protector.


Mediante la bula Hiis precipue, del 22 de abril de 1198, Inocencio III exhortó a todos los obispos a sostener las iniciativas de Guido, elogiando el hospital de Montpellier como un modelo excepcional de caridad cristiana. En ella destaca que allí:


“Se alimenta a los hambrientos, se viste a los pobres, se atiende a los enfermos y se consuela a los más necesitados, de modo que los hermanos deben llamarse no tanto acogedores de los pobres, sino servidores; y quienes distribuyen bienes son, en verdad, los más pobres entre los pobres”.


Al día siguiente, 23 de abril de 1198, el hospital de Montpellier fue puesto bajo la jurisdicción directa de la Santa Sede, y el Papa confirmó la regla monástica redactada por Guido, asegurando la dependencia de todas las casas hospitalarias presentes y futuras de la casa madre de Montpellier y de sus superiores.


Expansión de la Orden

Ya en 1198, la comunidad fundada por Guido administraba más de diez hospitales en el sur de Francia, además de dos en Roma, signo de una rápida y sólida expansión.


Con la bula Cupientes pro plurimis, emitida en Anagni el 10 de diciembre de 1201, el Papa confió a Guido y a sus compañeros la iglesia de Santa María in Saxia en Roma —hoy Santo Spirito in Sassia— junto con la domus hospitalis fundada por el propio Inocencio III. Este hospital romano se convertiría en uno de los centros caritativos más importantes de la cristiandad.


Carisma y espiritualidad

Guido aspiraba a vivir con la mayor fidelidad posible el ideal evangélico de la misericordia. En su Liber Regulae Hospitalis Sancti Spiritus, resumió su visión con palabras profundamente teológicas:


“El que sufre es el Señor; los médicos y enfermeras son sus siervos”.


Su obra buscaba atender a la persona en su totalidad, cuerpo y alma, desde los recién nacidos hasta los ancianos. De modo particular, destacó el cuidado de los niños abandonados, fundando en el hospital romano uno de los primeros centros de expósitos de Europa, donde los recién nacidos podían ser dejados de forma anónima y recibían atención material, educación cristiana y acompañamiento espiritual.


Asimismo, la comunidad prestaba ayuda a madres abandonadas y prostitutas, y Guido exhortaba a sus hermanos y hermanas a salir a las calles en busca de los necesitados, sin limitarse a esperar su llegada.


Todo este servicio activo estaba sostenido por una intensa vida de oración y contemplación, de la cual Guido extraía la fuerza interior para perseverar en la caridad, convirtiéndose para los pobres en fuente de consuelo, esperanza y paz.


Últimos años y muerte

El 19 de junio de 1204, mediante la bula Inter opera pietatis, Inocencio III confirmó definitivamente la orden y estableció el hospital romano de Santo Spirito in Sassia como casa general de toda la institución.


Guido murió en Roma, en los primeros meses del año 1208. Tras su fallecimiento, el Papa promulgó la bula Defuncto Romae, subrayando la trascendencia de las obras de misericordia iniciadas por el fundador y exhortando a sus sucesores a conservar fielmente su espíritu.


Memoria y legado

La memoria del humilde servidor de los pobres de Montpellier se conservó durante siglos en silencio, en monasterios y hospitales que continuaron viviendo según la regla que él había redactado. Durante más de cuatrocientos años, generaciones de hermanas y hermanos mantuvieron vivo su recuerdo mediante la oración diaria y la práctica fiel del carisma hospitalario.


Así, el Beato Guido de Montpellier permanece como testigo luminoso de la caridad cristiana organizada, precursor de la asistencia hospitalaria moderna y ejemplo perenne de cómo la misericordia, vivida en comunión con Dios, puede transformar la sociedad desde los más pequeños y olvidados.

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Fuente: Vidas Santas


Beato Guido de Montpellier

No existe una beatificación formal con fecha y Papa determinados.


Guido de Montpellier nunca fue beatificado mediante un proceso solemne (como los que se instauraron a partir de la Edad Moderna). 


Su título de “Beato” procede de un culto inmemorial, es decir:

Fue venerado como beato desde antiguo dentro de la Orden Hospitalaria del Espíritu Santo

Su culto fue tolerado y aceptado por la Santa Sede, sin que conste una ceremonia oficial de beatificación

Este reconocimiento es anterior a la sistematización jurídica de los procesos de beatificación y canonización


Fórmula histórica correcta

Beato por culto inmemorial (cultus ab immemorabili)


Fecha litúrgica

7 de febrero, tradicionalmente observada por la Orden y recogida en martirologios y calendarios hospitalarios


Contexto

Muchos fundadores medievales (siglos XII–XIII), especialmente ligados a órdenes hospitalarias o caritativas, no pasaron por un proceso formal, pero fueron reconocidos como beatos por:

continuidad del culto

aprobación tácita de la Iglesia

uso litúrgico estable


Guido entra plenamente en esta categoría.

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Fuente: Vidas Santas



Beato Salvador Valera Parra, Presbítero Diocesano

Beato Salvador Valera Parra, Presbítero Diocesano

Febrero 7

Fecha del fallecimiento (dies natalis): 15 de marzo de 1889

† Huércal-Overa (Almería)


7 de febrero (memoria como beato, según la beatificación celebrada ese día)


Vida y ministerio

Salvador Valera Parra nació en Huércal-Overa (Almería) el 27 de febrero de 1816. Desde joven manifestó una profunda vocación sacerdotal, por lo que ingresó en el seminario y fue ordenado presbítero el 13 de marzo de 1840.


Ejerció casi la totalidad de su ministerio en su ciudad natal, primero como vicario parroquial y más tarde como párroco, entregándose sin reservas a su pueblo. En 1853 fue nombrado arcipreste, responsabilidad que desempeñó con gran prudencia pastoral, celo apostólico y espíritu de servicio.


Su vida sacerdotal estuvo marcada por una caridad heroica, especialmente visible durante las epidemias de cólera y los terremotos de 1863, que causaron graves daños materiales y numerosas víctimas. En aquellas circunstancias extremas, el Cura Valera se distinguió por su presencia constante entre los enfermos, la asistencia espiritual y material a los más necesitados, y una entrega sin descanso que le granjeó el reconocimiento unánime del pueblo.


Además de su labor pastoral, colaboró activamente en la extinción de incendios, en la recaudación de fondos para socorrer a los pobres, y en múltiples iniciativas sociales destinadas a aliviar el sufrimiento humano. En 1885, junto con santa Teresa Jornet, fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, promovió la creación de una residencia y albergue para ancianos, obra que refleja su sensibilidad evangélica hacia los más vulnerables.


Por su ejemplar conducta y servicios prestados, recibió del Estado español los honores de Caballero de la Real Orden de Isabel la Católica y posteriormente de la Orden Civil de Carlos III. Sin embargo, él vivió siempre estos reconocimientos con humildad, considerándose únicamente un servidor del Evangelio.


Espiritualidad y virtudes

Salvador Valera Parra fue un testimonio vivo del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11). Su obispo lo propuso como modelo de vida y virtudes sacerdotales para los aspirantes al sacerdocio.


Fue un hombre de fe profunda, amante de la oración, fervoroso celebrante de la Eucaristía y constante adorador del Santísimo Sacramento. Vivió un amor filial y entrañable a la Virgen María, a quien acudía en todas las circunstancias de su vida.


Dotado de un carácter firme y decidido, supo ejercer siempre la paciencia, la prudencia y la sobriedad, uniendo la fortaleza con la mansedumbre evangélica. Vivió ejemplarmente los consejos evangélicos, permaneciendo casto y puro de corazón, obediente y profundamente humilde, hasta el final de sus días.


Por la radicalidad evangélica de su vida y su celo pastoral, fue llamado por muchos “el Cura de Ars español”, comparación que refleja la percepción popular de su santidad.


Últimos años y muerte

En los últimos años de su vida sufrió graves enfermedades, aceptadas con espíritu cristiano y abandono confiado en la voluntad de Dios. Falleció en Huércal-Overa el 15 de marzo de 1889, rodeado del afecto y la veneración de su pueblo, que ya lo consideraba un santo.


Reconocimiento eclesial

El 17 de marzo de 2021, el papa Francisco lo declaró Venerable, reconociendo oficialmente la heroicidad de sus virtudes.


Fue beatificado el 7 de febrero, en una solemne celebración presidida por la Iglesia en Huércal-Overa, ante más de 5.000 fieles, en el Espacio de Usos Múltiples y el pabellón anexo habilitado por el Ayuntamiento. Desde entonces es venerado como Beato Salvador Valera Parra, presbítero.

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Fuente: Vidas Santas