domingo, julio 21, 2013

Beato José Limón Limón, Salesiano Mártir

Beato José Limón Limón, Salesiano Mártir
Julio 21

Beatos José Limón Limón y José Blanco Salgado, Salesianos. Apenas desatada la persecución religiosa, el 19-VII-1936 los milicianos asaltaron el colegio salesiano de Morón de la Frontera (Sevilla), y arrestaron y maltrataron a los religiosos, que fueron liberados por la Guardia Civil; pero el 21-VII-1936 los milicianos arrestaron de nuevo y fusilaron a estos dos.

José Limón nació en Villanueva del Ariscal (Sevilla) en 1892, emitió los votos en 1912 y fue ordenado sacerdote en 1919. Trabajó en sucesivos colegios, de algunos de los cuales fue director, cargo que tenía en el de Morón de la Frontera en 1936.

Natural del industrioso pueblo sevillano del Aljarafe, Villanueva del Ariscal, sus padres eran honestos trabajadores de profunda fe cristiana. Nació el 27 de diciembre de 1892. No ha de extrañar, pues, que en la partida de bautismo el párroco declarase en octubre de 1906 “que José Limón -entonces de 14 años escasos- es de conducta ejemplar y se distingue por su piedad y por sus costumbres puras y religiosas”.

Tras dos años en el seminario de Pamplona, donde un tío suyo era canónigo en la catedral de esa ciudad, regresa a Sevilla en noviembre de 1907, para entrar como aspirante en la casa de la Santísima Trinidad de los Salesianos. El 22 de noviembre de 1912 se consagra a Dios temporalmente en Sevilla. El 20 de septiembre de 1919 recibe en Pamplona la ordenación sacerdotal de manos de Monseñor José López.

Utrera recogió las primicias de su celo sacerdotal por cuatro años y por otros cuatro lo derrochó en Cádiz como catequista de los aspirantes. Durante el trienio 1927-1930 dirige la casa de Carmona, “donde se distingue por su amor a los pobres”, y, tras un trienio como párroco y confesor de los novicios en San José del Valle, por dos años (1933-1935) dirige la casa de Arcos de la Frontera, pasando en septiembre de 1935 a dirigir la de Morón de la Frontera.

Un antiguo alumno de Carmona me confesaba que “los veteranos recordarán su aspecto... con visos de timidez, su risa franca en inocentes bromas, las declamaciones de versos que su privilegiada memoria retenía. Don José era un niño bueno, valga la paradoja”, sencillo, afable, apostólico y de gran espíritu salesiano.

Y la semblanza biográfica, incluida en el Summarium, lo ratifica: “Sencillo y bueno. En el año escaso que pasó en Morón se encariñó con los alumnos y el pueblo; despreocupado de sí mismo, se entregaba al bien de todos... Don José era un catequista celoso y de una bondad exquisita, no poniendo reparos cuando se trataba de ayudar a los Hermanos... No le gustaba aparentar, dando siempre la preferencia a otros Hermanos... Se desvivía para que las ceremonias y el culto resultaran dignos... En los recreos siempre iba rodeado de un tropel de niños... Buen religioso..., la fama que tenía era maravillosa”, tan maravillosa -confiesa su hermana Concepción- que le gustaba repetir que “era bien visto por todos...Y que anhelaba morir por su ideal...”.

Su testimonio martirial
Lo recogió don Rafael Infantes, -entonces, estudiante de teología que pasaba en Morón las vacaciones-, y salvado milagrosamente de la muerte, es el testigo excepcional que narra y vive el itinerario del vía crucis martirial:

«Los rumores de golpe militar del 18 de julio 1936, no fueron confirmados hasta la noche por Radio Sevilla... Mientras escuchaban la radio, un empleado de la casa, entró saltando la tapia del huerto para comunicarnos que en Morón unas patrullas de izquierdas iban por las calles, deteniendo sin violencia a los más destacados exponentes de la derecha... A los pocos minutos vimos cómo algunos guardias hacían una ronda cerca del colegio...

La mañana del 19, después de la Misa de las 8’30, el colegio permaneció inmerso en una soledad inusitada. Bien cerrada la cancela, quedamos en casa sólo cuatro salesianos (el director (el Beato José Limón), don Mariano Subirón, -el confesor, que logró huir a las pesquisas de los milicianos-, el coadjutor el Beato José Blanco Salgado y don Rafael, el cronista). A las diez se presentó un grupo de asaltantes dispuesto a hacer un registro...

El buen director soportó impávido sus vejaciones y las repetidas amenazas de fusilamiento... Yo los acompañé a la Iglesia, donde lo husmearon todo sin cometer ningún desmán... Al Sr. Blanco, que les acompañó en el registro de la despensa y de la cocina..., le habían puesto un cuchillo al cuello varias veces para que descubriera el escondite de las armas...

Prefirieron llevarnos a la cárcel...“con las manos atadas para mayor vergüenza”... Salimos tal como estábamos, -el director y yo con sotana, don José con su traje de domingo-, recorriendo las calles más concurridas... La gente afluía curiosa. La comitiva se detuvo ante el Ayuntamiento; nueva tentativa de fusilarnos por la espalda. Pero seis guardias municipales... se hicieron cargo de nosotros y nos metieron en la cárcel. Eran las doce en punto...

Al día siguiente, lunes 20, temiendo que invadieran e incendiaran la cárcel, los guardias civiles consiguieron que, hacia mediodía..., los 32 encarcelados pasaran al cercano cuartel de la Guardia Civil. Allí comenzó una resistencia heroica entre los acuartelados y los marxistas. “Nos defendían unos cincuenta y, entre ellos, el Beato José Blanco sdb, mientras el señor director y yo estábamos con los hijos de los guardias, casi todos alumnos del colegio”... Pero la resistencia resultaba inútil. El cuartel ardía por varias partes. Un grupo de los asediados acudió a don José Limón para confesarse, a lo que se prestó con serena bondad. Por la noche..., dormitamos alrededor de la radio en espera de la aurora del martes, 21 de julio, día del martirio...

Desde la casa de enfrente incendiaron la puerta del cuartel... Al ver que el incendio invadía los locales, el teniente, habiendo hablado con los rojos, ordenó salir a las mujeres y niños que, tras despedirse con dolor, se dirigieron al Ayuntamiento... Unos minutos de vacilación y también nosotros optamos por el peligro menos inminente: salir. Mientras íbamos hacia la puerta, yo empecé a despojarme de la sotana, interrogando con la mirada al Sr. Director, que me respondió: “Nos conocerán igualmente. Y si hay que morir, mejor con la sotana puesta”. Salimos a la calle, manos en alto… Nos cachearon y nos mandaron avanzar hacia la plaza del Ayuntamiento... Vimos a más de veinte hombres parapetados en los balcones. Se oyó una descarga cerrada… Nuevos disparos… Y todos yacíamos en el suelo. Eran las siete y media de la tarde...

Una hora después, las sombras acompañaron el arrastre y amontonamiento de las víctimas en la caja de un camión, tras disparar de nuevo contra don José. Yo, gravemente herido por una descarga de perdigones, pude seguir de cerca su agonía, ya que mis pies se apoyaban en su pecho. Oía sus ¡ayes! sofocados, entremezclados con palabras de perdón: “¡Jesús, misericordia! ¡Perdón, Señor!... Recorrieron todo el paseo..., dejando en el suelo, junto al último farol, las once víctimas... Don José, arrojado de un golpe, dejó escapar un débil ¡ay!, último suspiro truncado por una descarga que acabó con su noble existencia... Eran las diez de la noche del 21 de julio... Al fin todos los milicianos se marcharon, y se hizo el silencio...»

«Una hora después se levantaba don Rafael Infantes y, recorriendo la ribera del río Guadaíra, se ponía a salvo... Al día siguiente los restos mortales de don José, junto a los de las otras quince víctimas, eran sepultados en una fosa común al fondo del cementerio...» Sólo en junio de 1966, exhumados los restos de los dos salesianos, recibieron definitiva sepultura en el atrio de la iglesia de María Auxiliadora de Morón de la Frontera, siendo director de la casa el “mismísimo” don Rafael Infantes, compañero de “martirio”.

Y «así, vestido con su sotana, -musita la Positio-, coronó su vida este heroico mártir, cuyo único delito fue el ser sacerdote y educador salesiano.
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1 comentario:

  1. Jose Ignacio Rojasviernes, diciembre 09, 2022

    Como antiguo alumno Salesiano conocí a Don Rafael Infante en Morón y en Utrera, no le gustaba mucho recordar estos hechos, pero de vez en cuando nos contaba algo.
    En Morón el día de los difuntos nos llevaban al cementerio a rezar donde estaban enterrados

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