Los tres sacerdotes que no huyeron del Titanic
Cuando el Titanic comenzó a hundirse en la madrugada del 15 de abril de 1912, el pánico se apoderó del barco.
Gritos. Oscuridad. Frío. Desesperación.
Pero en medio del caos, tres sacerdotes católicos hicieron algo que, más de un siglo después, sigue estremeciendo al mundo: se quedaron.
Eran los padres Thomas Roussel Davids Byles, Joseph Peruschitz, O.S.B., y Juozas Montvila.
Mientras muchos buscaban salvar su vida, ellos eligieron salvar almas.
Rechazaron subir a los botes salvavidas.
Escucharon confesiones.
Dieron la absolución.
Rezaron el rosario.
Consolaron a quienes sabían que no sobrevivirían.
Testigos relataron que, mientras el barco se inclinaba y el agua avanzaba, los sacerdotes permanecían orando con los pasajeros, ayudándolos a morir en paz, reconciliados con Dios.
Un mismo testimonio, tres vidas entregadas
El padre Thomas Roussel Davids Byles, sacerdote inglés y converso del anglicanismo, nació el 26 de febrero de 1870. Fue ordenado sacerdote en 1902. Viajaba a Estados Unidos para celebrar el matrimonio de su hermano. Durante el naufragio rechazó en dos ocasiones un lugar en los botes salvavidas. Permaneció en cubierta escuchando confesiones, dando la absolución y animando a los pasajeros a confiar en la misericordia de Dios. Su serenidad impresionó incluso a quienes no compartían su fe. Murió en el hundimiento del Titanic el 15 de abril de 1912.
El padre Josef Benedikt Peruschitz, O.S.B., monje benedictino alemán, nació el 21 de marzo de 1871. Era conocido por su profunda vida espiritual y su dedicación pastoral. Viajaba rumbo a Minnesota, donde había sido destinado a ejercer en una escuela benedictina. Aquella noche actuó como verdadero pastor: oró con los pasajeros, acompañó especialmente a familias y emigrantes, y permaneció con ellos hasta el final. Murió también el 15 de abril de 1912, fiel a su vocación monástica y sacerdotal.
El padre Juozas Montvila, sacerdote lituano, nació el 3 de enero de 1885. Era el más joven de los tres. Viajaba hacia Norteamérica para comenzar una nueva misión pastoral al servicio de los inmigrantes. Durante el naufragio no dudó en quedarse con los pasajeros de tercera clase, compartiendo con ellos la oración y el consuelo en los últimos momentos. Murió cumpliendo aquello para lo que había sido ordenado: estar con su pueblo cuando más lo necesitaba.
No murieron como héroes de epopeya, sino como pastores.
Mientras el océano avanzaba y el barco desaparecía, ellos permanecieron firmes, con Cristo en los labios y en el corazón. Su muerte fue una última predicación:
cuando todo se pierde, la fe permanece;
el sacerdocio no es un cargo, sino una entrega;
y hay muertes que hablan más fuerte que mil palabras.
“El buen pastor da la vida por sus ovejas”.
Estas palabras del Evangelio se hicieron carne en aquella noche helada.
Hoy, más de un siglo después, la Iglesia los recuerda no por cómo murieron, sino por cómo amaron hasta el final.
Porque mientras el Titanic se hundía, ellos permanecieron firmes… con Cristo en los labios y en el corazón.
No existe una oración litúrgica u oficial aprobada por la Iglesia específicamente para los tres sacerdotes del Titanic (Thomas Byles, Joseph Peruschitz y Juozas Montvila), porque no hay causa de beatificación formal abierta para ellos hasta ahora.
*Pero sí es totalmente legítimo y habitual usar oraciones privadas de devoción, especialmente cuando se recuerda un testimonio heroico de fe como el suyo.
Estas oraciones no comprometen a la Iglesia y pueden usarse sin problema en blogs, redes, catequesis o devoción personal.
Oración (devoción privada)
Inspirada en los sacerdotes del Titanic
Señor Jesucristo,
Buen Pastor que diste la vida por tus ovejas,
te damos gracias por el testimonio
de los sacerdotes que, en la noche del naufragio,
eligieron permanecer contigo y con su pueblo.
Tú que fortaleciste a
Thomas Byles,
Joseph Peruschitz
y Juozas Montvila,
para que rechazaran salvarse a sí mismos
y se entregaran a consolar, absolver y orar,
concédenos un corazón fiel hasta el final.
Que su ejemplo nos enseñe
a no huir cuando llega la prueba,
a poner a los demás antes que a nosotros mismos,
y a confiar en Ti incluso cuando todo parece perdido.
Recibe, Señor, a quienes murieron aquella noche,
y concede a tus sacerdotes de hoy
la gracia de servir con el mismo amor y valentía.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
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Fuentes: Vidas Santas








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