sábado, octubre 24, 2026

Evangelio 24 de Octubre, 2026

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Sábado 29 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 13,1-9): En aquel tiempo, llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».


Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».


«Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo»

Rev. D. Francesc d’Assís LEÓN Romero - (Rubí, Barcelona, España)


Hoy, el Evangelio nos presenta dos situaciones paralelas: la de los galileos asesinados y la de los 18 de la torre de Siloé (cf. Lc 13,1-5). Aunque estos hombres hayan sufrido este castigo, no quiere decir que los que no lo han sufrido estén exentos de culpabilidad y conversión. Este es el núcleo de la Palabra de hoy: la necesidad que tenemos “todos” de conversión, de volver el corazón del todo a Dios, y esto continuamente, hasta que nuestro corazón alcance la medida de Cristo, pues «Dios te ama como eres, pero te sueña mejor» (León XIV).

El castigo que Dios nos inflige como consecuencia del pecado personal puede ser temporal o medicinal y mira precisamente a nuestra conversión. Pero el castigo también puede ser cerrado y definitivo, y así creemos que sucede en el infierno, para aquellos que se hayan cerrado definitivamente a la salvación. Para san Antonio María Claret, pensar que había almas que entraban en este castigo le horrorizaba y le movía de tal manera en su apostolado que la llamada de los pecadores a la conversión constituía el núcleo de su predicación.

En la parábola de la higuera (cf. Lc 13,6-9) vemos que Dios espera nuestra conversión y nos da ocasiones para ella, pero —¡ojo!— esto no será indefinidamente, y por eso «es hoy —no mañana— cuando hay que convertirse» (León XIV).

Sin embargo, el móvil de la conversión, aunque en un primer momento pueda ser este temor al castigo, está llamado a ser primordialmente la contemplación de la humanidad de Cristo y su amor personal por nosotros, ¡incomparablemente más placentero y feliz que cualquiera de los placeres más intensos de este mundo! Por ello, en realidad, donde se bate el cobre de nuestra conversión es en algo tan simple como la oración y la humildad. ¡Oración y humildad! ¡Oración y humildad! ¡Oración y humildad!


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «¡Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste! Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían» (San Agustín)
  • «La fe auténtica, abierta a los otros y al perdón, obra milagros. La higuera representa la esterilidad, una vida que no da fruto, incapaz de hacer el bien. Y Jesús maldice el árbol de la higuera porque no ha hecho lo suyo para dar fruto» (Francisco)
  • «El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 386)

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Fuente: https://evangeli.net

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