martes, julio 29, 2025

Evangelio Julio 29, 2025


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29 de julio: Santos Marta, María y Lázaro

Texto del Evangelio (Lc 10,38-42): En aquel tiempo, Jesús entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». ^!


«Te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench - (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)


Hoy, también nosotros —atareados como vamos a veces por muchas cosas— hemos de escuchar cómo el Señor nos recuerda que «hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola» (Lc 10,42): el amor, la santidad. Es el punto de mira, el horizonte que no hemos de perder nunca de vista en medio de nuestras ocupaciones cotidianas.

Porque “ocupados” lo estaremos si obedecemos a la indicación del Creador: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla» (Gn 1,28). ¡La tierra!, ¡el mundo!: he aquí nuestro lugar de encuentro con el Señor. «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17,15). Sí, el mundo es “altar” para nosotros y para nuestra entrega a Dios y a los otros.

Somos del mundo, pero no hemos de ser mundanos. Bien al contrario, estamos llamados a ser —en bella expresión de san Juan Pablo II— “sacerdotes de la creación”, “sacerdotes” de nuestro mundo, de un mundo que amamos apasionadamente.

He aquí la cuestión: el mundo y la santidad; el tráfico diario y la única cosa necesaria. No son dos realidades opuestas: hemos de procurar la confluencia de ambas. Y esta confluencia se ha de producir —en primer lugar y sobre todo— en nuestro corazón, que es donde se pueden unir cielo y tierra. Porque en el corazón humano es donde puede nacer el diálogo entre el Creador y la criatura.

Es necesaria, por tanto, la oración. «El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del “hacer por hacer”. Tenemos que resistir a esta tentación, buscando “ser” antes que “hacer”. Recordemos a este respecto el reproche de Jesús a Marta: ‘Tú te afanas y te preocupas por muchas cosas y sin embargo sólo una es necesaria’ (Lc 10,41-42)» (San Juan Pablo II). 

No hay oposición entre el ser y el hacer, pero sí que hay un orden de prioridad, de precedencia: «María ha elegido la parte buena, que no le será quitada» (Lc 10,42).


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «La vida de Marta, es nuestro mundo; la vida de María es el mundo que esperamos. Vivamos la de aquí con rectitud para obtener plenamente la otra» (San Agustín)
  • «La palabra de Cristo es clarísima: no desprecia la vida activa, y mucho menos la generosa hospitalidad; pero recuerda el hecho de que la única cosa verdaderamente necesaria es otra: escuchar la Palabra del Señor» (Benedicto XVI)
  • «Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 131)

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  • Fuente: https://evangeli.net/evangelio

Santa Marta Wang Luo, Viuda y mártir de China

Santa Marta Wang Luo, Viuda y mártir de China

Julio 29

Martirologio Romano: En la ciudad de Qingyan en la provincia de Guizhou en China, santos mártires José Zhang WenlanPablo Chen Changpin, seminaristas, Juan Bautista Lou Tingyin, administrador del seminario, y Marta Wang Louzhi, viuda, que, encerrados en una cantera caliente y húmeda, sufrieron atroces torturas, muriendo, al final, decapitados por la fe de Cristo.


Nacida en 1812 en la provincia de Hebei, Marta Wang Luo fue una mujer china profundamente arraigada en la fe católica, convertida en su juventud por misioneros que recorrían las aldeas del norte del país. Casada con un cristiano fervoroso, vivió una vida sencilla marcada por la oración, el trabajo doméstico y la caridad hacia los pobres. Tras la muerte de su esposo, Marta abrazó con mayor intensidad su vocación espiritual, convirtiéndose en una figura maternal y catequista dentro de su comunidad.


Durante la persecución imperial contra los cristianos en la década de 1860, Marta se negó a renunciar a su fe. Fue arrestada junto con otros fieles, y sometida a interrogatorios y amenazas. Su respuesta fue firme: “Mi alma pertenece a Cristo, y mi cuerpo no teme la muerte.” El 1 de julio de 1861, fue ejecutada públicamente por negarse a pisotear la cruz. Murió con una pequeña cruz de madera en sus manos y una oración en los labios.


Su martirio fue reconocido por la Iglesia como testimonio de fidelidad inquebrantable. Fue canonizada por San Juan Pablo II el 1 de octubre del año 2000, junto con otros 119 mártires chinos. Su memoria se celebra el 9 de julio, día dedicado a los santos mártires de China.


José Zhang era un seminarista chino, nacido en Sut-chuen, en 1832, en el seno de una familia cristiana y era ya alumno del seminario mayor de Yao-Kia-Koan cuando llegó la persecución. Deseaba con la misma intensidad el sacerdocio y el martirio; este deseo lo tuvo desde que ayudó a exhumar los restos de los mártires anteriores. Fue arrestado en el seminario de Tsin-gay, junto con Pablo Chen, el administrador del mismo Juan Bautista Lou y la cocinera del seminario Marta Wang-Lou Mande. Llevados a prisión, los cristianos quisieron socorrerlos espiritual y materialmente. Les hicieron llegar cartas de su obispo, llevaban las que ellos enviaban, también les traían comida y ropa, pero no les llegaba, ya que se lo quedaban los soldados, y nuestros mártires pasaron hambre y frío.


Como se mantuvieron firmes a pesar de que les engañaron diciéndoles que habían matado a su obispo, ellos respondieron que eran cristianos por amor a Dios. Fueron decapitados en Tsin-gai. Se les conoce como los Mártires de Qingyanzhen. 


Pablo Chen nació en Sintchen en el seno de una familia pagana en 1841. Pero sus padres lo dieron a la Obra de la Santa Infancia, donde fue bautizado y educado en el cristianismo en 1853. Ingresó en seminario en 1860, y estudiaba mucho para suplir su corta inteligencia. Fue arrestado en el seminario de Tsin-gay. Fue decapitado. 


Juan Bautista Lou nació en Yong-mey-tchay, en 1825, en el seno de una familia pagana. No llegó a completar sus estudios de Derecho. Se bautizó en 1855, junto a su esposa, y los dos fueron cristianos fervorosos y activos. Fue administrador del seminario mayor de Tsin-gay. Fue arrestado en el seminario, cuando los seminaristas no estaban, excepto santos José Zhang y Pablo Chen. Sufrieron grandes penalidades en la cárcel, sin que el hambre y la humedad quebrase su fe. Pudieron enviar cartas al obispo por medio de santa Marta Wang-Luo, y se les quiso amedrentar diciéndoles que el obispo y los misioneros habían muerto, y por lo tanto la misión estaba disuelta, pero ello no les amilanó. Fue decapitado. 


Marta Wang nació en Hin-y en 1812. Se casó muy joven, y pronto se quedó viuda. En Tang-chau, conoció el cristianismo, y una vez bautizada se puso al servicio de la misión. Era la cocinera del seminario mayor de Tsingai. Cuando arrestaron a los santos seminaristas José Zhang Wenlan y Pablo Chen Changpin, y el administrador san Juan Bautista Lou Tingying, se dedicó a procurarles alivio, llevándoles cartas del obispo, dándoles alimento y ropa limpia. Fue arrestada cuando llevaban a los mártires al suplicio, y ella dijo que iba a la muerte con gusto. Fue decapitada.



1. José Zhang Wenlan – joven seminarista con cruz en mano

2. Pablo Chen Changpin – joven seminarista con libro abierto

3. Juan Bautista Lou Tingyin – administrador del seminario con palma

4. Marta Wang Louzhi – viuda con cruz, junto a la palma




lunes, julio 28, 2025

Evangelio Julio 28, 2025


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Lunes 17 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 13,31-35): En aquel tiempo, Jesús propuso todavía otra parábola a la gente: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas».


Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo». Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: ‘Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo’.


«Nada les hablaba sin parábolas»

Rev. D. Josep Mª MANRESA Lamarca - (Valldoreix, Barcelona, España)


Hoy, el Evangelio nos presenta a Jesús predicando a sus discípulos. Y lo hace, tal como en Él es habitual, en parábolas, es decir, empleando imágenes sencillas y corrientes para explicar los grandes misterios escondidos del Reino. Así podía entender todo el mundo, desde la gente más formada hasta la que tenía menos luces.

«El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza...» (Mt 13,31). Los granitos de mostaza casi no se ven, son muy pequeños, pero si tenemos de ellos buen cuidado y se riegan... acaban formando un gran árbol. «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina...» (Mt 13,33). La levadura no se ve, pero si no estuviera ahí, la pasta no subiría. Así también es la vida cristiana, la vida de la gracia: no se ve exteriormente, no hace ruido, pero... si uno deja que se introduzca en su corazón, la gracia divina va haciendo fructificar la semilla y convierte a las personas de pecadoras en santas.

Esta gracia divina se nos da por la fe, por la oración, por los sacramentos, por la caridad. Pero esta vida de la gracia es sobre todo un don que hay que esperar y desear con humildad. Un don que los sabios y entendidos de este mundo no saben apreciar, pero que Dios Nuestro Señor quiere hacer llegar a los humildes y sencillos.

Ojalá que cuando nos busque a nosotros, nos encuentre no en el grupo de los orgullosos, sino en el de los humildes, que se reconocen débiles y pecadores, pero muy agradecidos y confiados en la bondad del Señor. Así, el grano de mostaza llegará a ser un árbol grande; así la levadura de la Palabra de Dios obrará en nosotros frutos de vida eterna. Porque, «cuanto más se abaja el corazón por la humildad, más se levanta hacia la perfección» (San Agustín).


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «No tengas miedo al mundo paganizado, porque el Señor nos busca justamente para que seamos levadura, sal y luz en medio de este mundo. No te preocupes, que el mundo no te hará daño, a no ser que a ti te dé la gana» (San Josemaría)
  • «La familia que vive la alegría de la fe, la comunica espontáneamente, es sal de la tierra y luz del mundo, es levadura para toda la sociedad» (Francisco)
  • «Siendo propio del estado de los laicos vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, Dios les llama a que movidos por el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 940)

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  • Fuente: https://evangeli.net/evangelio

domingo, julio 27, 2025

Evangelio Julio 27, 2025

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Domingo 17 (C) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 11,1-13): Un día que Jesús estaba en oración, en cierto lugar, cuando hubo terminado, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan lo enseñó a sus discípulos». Les dijo: «Cuando oréis, decid: ‘Padre, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Danos cada día el pan que necesitamos. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos todos los que nos han ofendido. Y no nos expongas a la tentación’».


También les dijo Jesús: «Supongamos que uno de vosotros tiene un amigo, y que a medianoche va a su casa y le dice: ‘Amigo, préstame tres panes, porque otro amigo mío acaba de llegar de viaje a mi casa y no tengo nada que ofrecerle’. Sin duda, aquel le contestará desde dentro: ‘¡No me molestes! La puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme a darte nada’. Pues bien, os digo que aunque no se levante a dárselo por ser su amigo, se levantará por serle importuno y le dará cuanto necesite. Por esto os digo: Pedid y Dios os dará, buscad y encontraréis, llamad a la puerta y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra y al que llama a la puerta, se le abre. ¿Acaso algún padre entre vosotros sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado? ¿O de darle un alacrán cuando le pide un huevo? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!».


«Jesús estaba en oración… ‘Señor, enséñanos a orar’»

Abbé Jean GOTTIGNY - (Bruxelles, Bélgica)


Hoy, Jesús en oración nos enseña a orar. Fijémonos bien en lo que su actitud nos enseña. Jesucristo experimenta en muchas ocasiones la necesidad de encontrarse cara a cara con su Padre. Lucas, en su Evangelio, insiste sobre este punto. 

¿De qué hablaban aquel día? No lo sabemos. En cambio, en otra ocasión, nos ha llegado un fragmento de la conversación entre su Padre y Él. En el momento en que fue bautizado en el Jordán, cuando estaba orando, «y vino una voz del cielo: ‘Tú eres mi hijo; mi amado, en quien he puesto mi complacencia’» (Lc 3,22). Es el paréntesis de un diálogo tiernamente afectuoso. 


Cuando, en el Evangelio de hoy, uno de los discípulos, al observar su recogimiento, le ruega que les enseñe a hablar con Dios, Jesús responde: «Cuando oréis, decid: ‘Padre, santificado sea tu nombre…’» (Lc 11,2). La oración consiste en una conversación filial con ese Padre que nos ama con locura. ¿No definía Teresa de Ávila la oración como “una íntima relación de amistad”: «estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama»? 

Benedicto XVI encuentra «significativo que Lucas sitúe el Padrenuestro en el contexto de la oración personal del mismo Jesús. De esta forma, Él nos hace participar de su oración; nos conduce al interior del diálogo íntimo del amor trinitario; por decirlo así, levanta nuestras miserias humanas hasta el corazón de Dios». 

Es significativo que, en el lenguaje corriente, la oración que Jesucristo nos ha enseñado se resuma en estas dos únicas palabras: «Padre Nuestro». La oración cristiana es eminentemente filial. 

La liturgia católica pone esta oración en nuestros labios en el momento en que nos preparamos para recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Las siete peticiones que comporta y el orden en el que están formuladas nos dan una idea de la conducta que hemos de mantener cuando recibamos la Comunión Eucarística.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Él quiere que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que yo le ame mucho, sino que ha querido que yo sepa hasta qué punto Él me ha amado, para que yo le ame a Él ¡con locura…!» (Santa Teresa de Lisieux)
  • «El Señor nos dice cómo hemos de orar. Lucas pone el “Padrenuestro” en relación con la oración personal de Jesús mismo. Él nos hace partícipes de su propia oración, nos introduce en el diálogo interior del Amor trinitario» (Benedicto XVI)
  • «Esta oración que nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es “del Señor”. Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado: Él es el Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el Modelo de nuestra oración» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.765)

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  • Fuente: https://evangeli.net/evangelio

sábado, julio 26, 2025

Evangelio Julio 26, 2025

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Sábado 16 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 13,24-30): En aquel tiempo, Jesús propuso a las gentes otra parábola, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’. Él les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto’. Dícenle los siervos: ‘¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’. Díceles: ‘No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero’».


«Dejad que ambos crezcan juntos»

Rev. D. Manuel SÁNCHEZ Sánchez - (Sevilla, España)


Hoy consideramos una parábola que es ocasión para referirse a la vida de la comunidad en la que se mezclan, continuamente, el bien y el mal, el Evangelio y el pecado. La actitud lógica sería acabar con esta situación, tal como lo pretenden los criados: «¿Quieres que vayamos a recogerla?» (Mt 13,28). Pero la paciencia de Dios es infinita, espera hasta el último momento —como un padre bueno— la posibilidad del cambio: «Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega» (Mt 13,30). 

Una realidad ambigua y mediocre, pero en ella crece el Reino. Se trata de sentirnos llamados a descubrir las señales del Reino de Dios para potenciarlo. Y, por otro lado, no favorecer nada que ayude a contentarnos en la mediocridad. No obstante, el hecho de vivir en una mezcla de bien y mal no debe impedir el avanzar en nuestra vida espiritual; lo contrario sería convertir nuestro trigo en cizaña. «Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» (Mt 13,27). Es imposible crecer de otro modo, ni podemos buscar el Reino en ningún otro lugar que en esta sociedad en la que estamos. Nuestra tarea será hacer que nazca el Reino de Dios.

El Evangelio nos llama a no dar crédito a los “puros”, a superar los aspectos de puritanismo y de intolerancia que puedan haber en la comunidad cristiana. Fácilmente se dan actitudes de este tipo en todos los colectivos, por sanos que intenten ser. Encarados a un ideal, todos tenemos la tentación de pensar que unos ya lo hemos alcanzado, y que otros están lejos. Jesús constata que todos estamos en camino, absolutamente todos.

Vigilemos para no dejar que el maligno se cuele en nuestras vidas, cosa que ocurre cuando nos acomodamos al mundo. Decía santa Ángela de la Cruz que «no hay que dar oído a las voces del mundo, de que en todas partes se hace esto o aquello; nosotras siempre lo mismo, sin inventar variaciones, y siguiendo la manera de hacer las cosas, que son un tesoro escondido; son las que nos abrirán las puertas del cielo». Que la Santísima Virgen María nos conceda acomodarnos sólo al amor.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Cuando el mal ha gangrenado a la multitud, no queda más remedio que dolerse y gemir. Corregir con amor cuando se pueda. Y cuando no se pueda corregir, sufrir con paciencia hasta que la corrección venga de lo alto» (San Agustín)
  • «Jesús nos enseña a ver las cosas con realismo cristiano y a afrontar cada problema con claridad de principios, pero también con prudencia y paciencia. Esto supone una visión trascendente de la historia, en la que se sabe que todo pertenece a Dios» (San Juan Pablo II)
  • «El día del Juicio, al fin del mundo, Cristo vendrá en la gloria para llevar a cabo el triunfo definitivo del bien sobre el mal que, como el trigo y la cizaña, habrán crecido juntos en el curso de la historia» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 681)

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  • Fuente: https://evangeli.net/evangelio

viernes, julio 25, 2025

Evangelio Julio 25, 2025

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25 de julio: Santiago apóstol, patrón de España

Texto del Evangelio (Mt 20,20-28): En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».


Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».


«¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?»

Mons. Octavio RUIZ Arenas Secretario del Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización - (Città del Vaticano, Vaticano)


Hoy, el episodio que nos narra este fragmento del Evangelio nos pone frente a una situación que ocurre con mucha frecuencia en las distintas comunidades cristianas. En efecto, Juan y Santiago han sido muy generosos al abandonar su casa y sus redes para seguir a Jesús. Han escuchado que el Señor anuncia un Reino y que ofrece la vida eterna, pero no logran entender todavía la nueva dimensión que presenta el Señor y, por ello, su madre va a pedir algo bueno, pero que se queda en las simples aspiraciones humanas: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino» (Mt 20,21).


De igual manera, nosotros escuchamos y seguimos al Señor, como lo hicieron los primeros discípulos de Jesús, pero no siempre logramos entender a cabalidad su mensaje y nos dejamos llevar por intereses personales o ambiciones dentro de la Iglesia. Se nos olvida que al aceptar al Señor, tenemos que entregarnos con confianza y de manera plena a Él, que no podemos pensar en obtener la gloria sin haber aceptado la cruz.


La respuesta que les da Jesús pone precisamente el acento en este aspecto: para participar de su Reino, lo que importa es aceptar beber de su misma «copa» (cf. Mt 20,22), es decir, estar dispuestos a entregar nuestra vida por amor a Dios y dedicarnos al servicio de nuestros hermanos, con la misma actitud de misericordia que tuvo Jesús. El Papa Francisco, en su primera homilía, recalcaba que para seguir a Jesús hay que caminar con la cruz, pues «cuando caminamos sin la cruz, cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor».


Seguir a Jesús exige, por consiguiente, gran humildad de nuestra parte. A partir del bautismo hemos sido llamados a ser testigos suyos para transformar el mundo. Pero esta transformación sólo la lograremos si somos capaces de ser servidores de los demás, con un espíritu de gran generosidad y entrega, pero siempre llenos de gozo por estar siguiendo y haciendo presente al Señor.


Pensamientos para el Evangelio de hoy

  • «Es como si Jesús les dijera: Vosotros me habláis de honores y de coronas, pero yo os hablo de luchas y fatigas. Éste no es tiempo de premios» (San Juan Crisóstomo)
  • «La tentación del cristianismo sin la cruz, una Iglesia a medio camino, que no quiere llegar a donde el Padre quiere, es la tentación del triunfalismo. Queremos el triunfo de hoy, sin ir a la cruz, un triunfo mundano, un triunfo razonable» (Francisco)
  • «La redención de Cristo consiste en que Él ‘ha venido a dar su vida como rescate por muchos’ (Mt 20,28), es decir ‘a amar a los suyos hasta el extremo’ (Jn 13,1) para que ellos fuesen ‘rescatados de la conducta necia heredada de sus padres’ (1Pe 1,18)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 622)

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  • Fuente: https://evangeli.net/evangelio

jueves, julio 24, 2025

Beata Cristina «la Admirable», Virgen

Beata Cristina «la Admirable», Virgen

Julio 24

Martirologio Romano: En el convento de Saint-Trond, en Brabante, beata Cristina, llamada la “Admirable”, porque en ella obró Dios cosas realmente admirables, tanto en su cuerpo, pues tuvo que sufrir mucho, como en su alma, enriquecida con fenómenos místicos.


Cristina nació en Brusthem, población de la diócesis de Lieja, en 1150. Al cumplir los quince años, ella y sus dos hermanas mayores quedaron huérfanas. La familia pertenecía a la clase campesina. A los veintidós años, Cristina tuvo un ataque, probablemente de catalepsia y los vecinos la creyeron muerta y trasladaron el cuerpo de la joven en un féretro a la iglesia para una misa de réquiem.


Súbitamente, después del «Agnus Dei», Cristina se irguió, saltó fuera del féretro «como un pájaro», según cuenta su biógrafo y quedó colgada en una de las vigas del techo. Todos huyeron al punto de la iglesia, excepto la hermana mayor de la beata, que dio ejemplo de recogimiento y permaneció inmóvil hasta que la misa terminó.


Entonces, el sacerdote que la celebró, ordenó a Cristina que descendiese del techo (donde se había refugiado, según se dice, porque no podía soportar el hedor de los cuerpos humanos). La beata reveló que había estado realmente muerta, que había descendido al infierno, donde reconoció a muchos amigos, y también al purgatorio, donde encontró a otros conocidos.


Finalmente, había ascendido al cielo, donde se le había puesto en la alternativa de permanecer ahí o retornar a la tierra a sacar del purgatorio, con sus oraciones y sufrimientos, a quienes había visto ahí. Eligió volver a la tierra y su alma había reanimado el cadáver en el preciso instante del «Agnus Dei».


Esto fue sólo el comienzo de una increíble serie de sucesos. Cristina se retiró a sitios muy remotos. Se encaramaba en los árboles, en las torres o en los acantilados y se escondía en los hornos para huir del hedor de los humanos. Podía manejar el fuego sin quemarse, entraba a las aguas heladas del río en lo más crudo del invierno sin sentir el frío y podía pasar, sin sufrir heridas, bajo una rueda de molino.


Solía orar balanceándose en lo alto de una jaula o acurrucada por tierra en forma de pelota. No sin razón, las gentes la tenían por loca o «endemoniada» y varias veces la encerraron, pero Cristina se las arregló siempre para escapar. 

Cierta vez, un hombre logró echarle mano al darle un golpe en una pierna con tanta fuerza, que parecía haberle roto los huesos. Las gentes llevaron a la herida a casa de un cirujano de Lieja, quien vendó fuertemente la pierna y encadenó a la joven a una columna. Cristina escapó durante la noche.


En otra ocasión, un sacerdote que no la conocía, asustado al ver su aspecto, se negó a darle la comunión; entonces la joven salió corriendo por las calles, se arrojó en el río Meuse y se echó a nadar hacia la otra orilla. Se vestía de andrajos, vivía de limosna y su conducta era verdaderamente sorprendente.


Su biógrafo escribe, como si experimentase cierto sentido de tranquilidad, que después de que Cristina se encaramó a la pila baustismal de la iglesia de Wellen, «su conducta empezó a asemejarse más a la del resto de los hombres: se volvió menos inquieta y pudo soportar un poco mejor el hedor de los mortales».

Cristina pasó los últimos años de su vida en el convento de Santa Catalina de Saint-Trond, donde murió a los setenta y cuatro de edad. Aun en el convento no faltaban quienes la consideraban con el mayor respeto.


Luis, el conde de Looz, la trataba como a una amiga, la recibía en su castillo, aceptaba sus reprensiones y en su lecho de muerte insistió en abrirle su conciencia. La beata María de Oignies le profesaba cierta admiración; la superiora del convento alabó la obediencia de Cristina y santa Lutgarda solía pedirle consejo.