jueves, marzo 07, 2013

San Simeón Berneux, Justo Ranfer de Bretenières, Luis Beaulieu y Pedro Enrique Dorie, Mártires

San Simeón Berneux, Justo Ranfer de Bretenières, Luis Beaulieu y Pedro Enrique Dorie, Mártires
Marzo 7

Martirologio Romano: En la localidad de Sai-Nam-Hte en Corea, santos mártires Simeón Francisco Berneux, obispo, Justo Ranfer de Breteniéres, Luis Beaulieu y Pedro Enrique Dorié, sacerdotes de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París, que, por responder confiados a sus perseguidores de llegar a Corea para salvar almas en el nombre de Cristo, murieron decapitados. 1866.
 
La muerte, en 1864, del rey de Corea Tchiel-tsong trae nuevos motivos de inquietud a los cristianos: el poder cambió de manos hacia una de las familias más poderosas y del partido anticristiano. Pero por otra parte había también motivos de esperanza: luego de muchos años de actividad misionera y mucha sangre derramada, las conversiones eran cada vez más frecuentes, y el pueblo miraba a los cristianos con menos prevención.

Las circunstancias políticas eran delicadas: Rusia estaba prácticamente a las puertas de Corea, incursionando ya en el territorio, y reclamando del gobierno tratados comerciales que Corea no podía ni quería conceder. Algunos cristianos de palacio concibieron la idea de enviar una carta al Regente, ofreciéndole mediar ante los misioneros (obispos y presbíteros franceses) para que ellos a su vez mediaran el auxilio político-militar de Francia contra Rusia.
 
Si en la corte hubiera habido alguna predisposición buena hacia el cristianismo, la idea podría haber resultado, pero quizás por ingenuidad, quizás por poner demasiada esperanza en el inmediato fin del tiempo de los mártires, estos cristianos no tuvieron en cuenta que el cristianismo, para el partido anticristiano, era en definitiva una "religión del Oeste", que representaba intereses concretos tan contrarios a Corea como los de Rusia.

El obispo, Mons. Simeón Berneux, también vio con buenos ojos los movimientos que se producían en la corte: la propia madre del rey había encargado unas misas, y eso era un buen signo de favor, aunque ella misma no tuviera en este momento poder. Interrumpió la visita pastoral que estaba realizando, y se volvió a la capital lo más pronto que pudo; era el inicio del mes de febrero.

Sin embargo, una vez allí los tiempos comenzaron a dilatarse: el obispo no era recibido, se desplazaba la audiencia a un día tras otro. Juan B. Nam fue atendido con una descortesía que contrastaba enormemente con la buena disposición anterior. Es fácil darse cuenta ahora que el movimiento de simpatía-indiferencia del regente había sido parte de una estrategia para hacer bajar la guardia a los misioneros, y tenerlos en Seúl, donde podrían ser capturados con más facilidad.

El obispo comenzó a preocuparse, e incluso a lamentarse de haber cortado su visita pastoral, pero naturalmente no era fácil tomar una decisión. Expresó sus preocupaciones en una carta a la Congregación, cuyo contenido fundamental se conserva.

Mons. Bernaux aprovechó el tiempo para sostener y confirmar a la Iglesia de Seúl, junto con sus presbíteros, también de la Sociedad de Misiones, Ranfer, Beaulieu y Dorie, los tres de escasos dos años de ordenados y un año en al misión. Mientras tanto los espías fueron moviéndose para conseguir las localizaciones de estos "cabecillas", hasta que el 23 de febrero cayeron sobre el obispo y los presbíteros, que fueron apresados y tratados brutalmente.

A los misioneros se los sometió a un interrogatorio en el que el obispo, en nombre de los misioneros repondió con dignidad y claridad que no estaban en Corea ni para enriquecerse ni para ninguna otra cosa, sino sólo para salvar almas. Se les ofreció irse de Corea, pero afirmaron estar dispuestos a la muerte. Reunidos convirtieron la cárcel en lugar de oración y fraternidad, animándose mutuamente a morir por Cristo. Se alternaron en los días sucesivos torturas e interrogatorios, hasta que el 7 de marzo fueron los cuatro, el obispo y los tres sacerdotes, decapitados, y sus cuerpos expuestos durante tres días para escarmiento. Juan Bautista Nam, aunque no estaba con el grupo, fue decapitado también el mismo día casi a la entrada de la ciudad de Sai-Nam-Tho, cercano a Seúl.


Simeón Francisco (1814-1866). Nació en Château-du-Loir, en el seno de una familia modesta. Fue ordenado sacerdote en 1837. Destinado a professor del seminario, sintió la vocación misionera e ingresó en la Sociedad de Misiones Extranjeras, y fue destinado a Tonkin en 1840.

Después de un período breve de trabajo donde atendió a las religiosas Amantes de la Cruz del poblado de Yen-Moi. Fue apresado, torturado y condenado a muerte, pero fue liberado por el comandante francés Favin-Leveque y enviado a Macao. De ahí partió para Manchuria donde trabajó durante diez años. En 1854 fue nombrado obispo titular de Capsa y Vicario Apostólico de Corea. En este país trabajó durante diez años. Aquí pudo abrir escuelas, instituir un seminario y establecer una imprenta que surtiera de libros católicos a la iglesia coreana.

Fue detenido y encarcelado en la cárcel de Seúl en la que se juntaron los misioneros: Justo Ranfer de Beteniéres, Luis Beaulieu y Pedro Enrique Dorié.
 
Justo (1828-1866). Nació en Châlon-sur-Saone en el seno de una familia de clase alta, después de pasar por el seminario de San Sulpicio, pasó a la Sociedad de Misiones Extranjeras y, ordenado presbítero en 1864, fue destinado a Corea.
Estuvo unos meses en Manchuria, donde estuvo unos meses, ejerciendo el ministerio en la población de Yang-Kouan, pero en 1865 llegaba a Corea de forma clandestina, donde trabajó con entusiasmo hasta el año siguiente en que era apresado y decapitado.
 
Luis (1840-1866). Nació en Langon y después de pasar unos años en el seminario diocesano de Burdeos, ingresó en la Sociedad de Misiones Extranjeras, donde fue ordenado en 1864, tras lo cual fue destinado a Corea, donde llegó en 1865.
Su primera tarea fue aprender la lengua. Se le designó la comunidad cristiana de Koang-Tiyan, al sur de Seúl. Nada más llegar, fue arrestado y enviado a la cárcel de Seúl y martirizado.
 
Pedro Enrique (1839-1866). Nació Port, en Saint Hilaire de Talamont, en La Vendée (Francia). Después de varios años en el seminario y venciendo la oposición paterna, ingresó en la Sociedad de Misiones Extranjeras. Ordenado en 1864, fue enviado a Corea.
En el 1865, pasó al poblado de Sonkol, donde, en medio de la más dura clandestinidad, ejerció con eficacia su ministerio. Fue decapitado en Sai-Nam-Tho, cerca de Seúl.
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